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La derecha chilena: de fuerza opositora a oficialista
Octavio Avendaño
07 JULIO 2010 Ver más artículos publicados  Volver
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La derecha chilena: de fuerza opositora a oficialista

�Soy de derecha porque me gusta el orden, aborrezco el estatismo y aprecio mucho m�s los esfuerzos individuales que las aproximaciones colectivistas para abordar los problemas de la sociedad� (Andr�s Allamand, 1999). �La derecha tiene una aproximaci�n de connotaciones aristocr�ticas a la funci�n p�blica, a la que es extra�a toda consideraci�n burocr�tica o funcionaria� (Francisco Javier Cuadra, 1992).

Con el triunfo de Sebasti�n Pi�era el pasado 17 de enero la coalici�n de derecha, compuesta por Renovaci�n Nacional (RN) y la Uni�n Dem�crata Independiente (UDI), deja la condici�n de opositora que tuvo durante veinte a�os. Para entender la magnitud de este triunfo hay que considerar, por un lado, que la derecha se transforma en mayor�a con un padr�n electoral que presenta varias limitaciones, en especial la baja participaci�n e inclusi�n de la poblaci�n m�s joven. En t�rminos absolutos, en el transcurso de los �ltimos diez a�os, la derecha logr� acumular poco m�s de 85 mil votos. De hecho, en la �segunda vuelta� efectuada en enero de 2000 el candidato de la derecha, J. Lav�n, obtuvo 3.495.569 votos; m�s recientemente, Pi�era se impuso con un total de 3.582.800. En base a esto mismo, cabe a�adir que la derecha hace tiempo super� el umbral de los tres tercios, afianzando el respaldo acumulado en torno a un 45%. Esa votaci�n es el fruto de su enorme poder de influencia, en el �mbito econ�mico y cultural, as� como del arraigo social alcanzado por una parte de la coalici�n de derecha.

El alto apoyo hacia la derecha no es un hecho in�dito en el sistema pol�tico chileno, ni se asocia solo a fen�menos registrados desde hace poco m�s de una d�cada. Cabe recordar que siete a�os despu�s de la victoria del Frente Popular, en 1945, la derecha alcanz� el 45% de los sufragios. Sin embargo, dicho apoyo fue r�pidamente contrarrestado por la influencia y la capacidad de acci�n de los partidos de centro y en menor medida de izquierda. La acci�n y el protagonismo de estos partidos redujeron la votaci�n de la derecha a solo un tercio del electorado. Junto a ello, contribuy� tambi�n a su debilitamiento el aumento de la participaci�n, as� como las sucesivas reformas que se impulsaron --como la introducci�n de la c�dula �nica--, destinadas a avanzar hacia el establecimiento del sufragio universal.

El entusiasmo y la ansiedad desatadas tras la �segunda vuelta� en la dirigencia de los partidos de la derecha, r�pidamente deshicieron los contenidos del discurso conciliador y moderado dado a conocer en el momento de las celebraciones. Ya en ese mismo instante, entre quienes celebraron, se asumi� como idea --y motivo de satisfacci�n-- el regreso al gobierno despu�s de veinte a�os. No se hablaba de volver despu�s de cincuenta a�os, como alguien podr�a pensar al intentar la conexi�n con la derecha tradicional, sino de volver despu�s de veinte a�os. En los d�as sucesivos a la victoria electoral, se desat� tal ansiedad en la dirigencia de los partidos de derecha, que se tradujo en reacciones destempladas --por parte de algunos parlamentarios--, presiones por cerrar los procesos a militares y una serie de expresiones de insolencia y violencia verbal. Todas estas reacciones parecen ser el pre�mbulo de una nueva etapa, marcada quiz�s por la tensi�n y el conflicto entre el nuevo gobierno y quienes logren oponerse a muchas de sus iniciativas, o bien, como ha sido la t�nica en estos veinte a�os, por la fuerte disputa entre los dos principales partidos que representan a la derecha.

1) Acumulaci�n y pugna por la hegemon�a del sector

La UDI y RN son partidos que nacieron en los a�os ochenta, impulsados por colaboradores y simpatizantes del r�gimen militar. La UDI nace en septiembre de 1983, poco despu�s lo hace el Movimiento de Uni�n Nacional (MUN), liderado por Andr�s Allamand, y finalmente el Frente Nacional del Trabajo (FNT) encabezado por Sergio Onofre Jarpa. En 1987 las tres organizaciones confluyeron en la formaci�n de un solo referente para la derecha, que adopta el nombre de Renovaci�n Nacional (RN). Sin embargo, dicho partido experimenta la primera escisi�n en 1988 por la abierta incondicionalidad al general Pinochet manifestada por la dirigencia de la UDI. A partir de ese momento, RN y la UDI inician una trayectoria como partidos independientes, constituyendo por mucho tiempo alianzas electorales que tuvieron como �nica finalidad enfrentar a la Concertaci�n y dem�s fuerzas pol�ticas.

Gran parte de los dirigentes que permanecieron en RN ven�an del antiguo Partido Nacional, que hab�a sido fundado en 1966 de la fusi�n de los partidos liberal y conservador. Por su parte, la dirigencia inicial de la UDI derivaba del movimiento gremial, constituido a fines de los sesenta, cuyos miembros colaboraron estrechamente en la definici�n de la pol�tica econ�mica y de planificaci�n social implementada por el r�gimen militar. La relaci�n entre ambos partidos y el r�gimen militar fue diferenciada, lo que se explica en gran medida por la mayor participaci�n de los dirigentes de la UDI en las distintas carteras ministeriales, subsecretarias, el Consejo de Estado, las comisiones legislativas y los cargos de alcaldes designados. De RN y la UDI fueron una serie de personeros que participaron en el dise�o de la nueva institucionalidad, como integrantes de las comisiones redactoras de la Constituci�n de 1980 y, posteriormente, encargadas de elaborar la legislaci�n electoral. En el marco de esas discusiones, figuras como Carlos C�ceres y Pedro Ib��ez, ambos pertenecientes a RN, llegaron a promover el establecimiento del voto censitario.

RN y la UDI asumieron el rol de partidos opositores a los cuatro gobiernos de la Concertaci�n que se sucedieron desde 1990. En esa condici�n se esmeraron, en especial desde mediados de los noventa, por aumentar su apoyo electoral, y lograr ganar la adhesi�n de aquellos segmentos del electorado no necesariamente identificados con la derecha, o con la derecha m�s tradicional. La situaci�n de crisis econ�mica, que se inicia en 1998 y que se extiende hasta el 2002, se tradujo en aumento del descontento hacia la conducci�n de los gobiernos de la Concertaci�n, que fue canalizado por la derecha, en especial por la UDI --que aument� de manera significativa su votaci�n, el n�mero de municipios y su participaci�n en ambas c�maras. A parte de asumir funciones de fiscalizaci�n, intensificadas desde el gobierno de Eduardo Frei (1994-2000), los parlamentarios de RN y de la UDI realizaron durante toda la d�cada de los noventa una f�rrea defensa de la institucionalidad dise�ada por el r�gimen militar. En varias ocasiones, reaccionaron en contra de los procesos a uniformados, y solidarizaron con ellos cuando lograron llevarse a efecto. En el plano legislativo, la menor representaci�n de los partidos de la derecha, en comparaci�n a la Concertaci�n, se vio compensada por la presencia de senadores designados, entre los que se incluyeron los ex comandantes en jefes, y una serie de ex personeros del r�gimen militar. A�n as�, y como se evidenci� en la primera mitad de la �ltima d�cada, desde el gobierno se lograron aprobar una serie de iniciativas aprovechando las divisiones y conflictos que surgieron entre los dos partidos de la derecha.

Durante m�s de una d�cada, la relaci�n entre RN y la UDI estuvo marcada por una serie de tensiones, as� como situaciones de encuentro y de desencuentro. En ese per�odo, no lograron constituir una alianza que funcionara de manera coordinada y permanente, ni con capacidad de asumir acciones mancomunadas. Por el contrario, los dos partidos, y en ocasiones incorporando a otros menores, como la UCC y el Partido del Sur, tendieron a funcionar como un pacto que se disolv�a tras la finalizaci�n de cada evento electoral, y se recompon�a a la hora de enfrentar desaf�os de esa �ndole. La mayor�a de las tensiones entre RN y la UDI se produjeron por el intento de una facci�n minoritaria de RN de materializar acuerdos de reforma constitucional con la Concertaci�n. Tales acuerdos, como ocurri� entre los a�os 1995 y 1996, terminaron siendo rechazados por los senadores �mas duros� de RN, que buscaban --al igual que la UDI-- salvaguardar el legado del r�gimen militar.

Hasta el 2001, RN fue el partido con m�s votaci�n dentro del bloque de derecha. A nivel de diputados, en 1989 el respaldo electoral de este partido era de un 18.3% y el de la UDI, en cambio, de 9.8%. El a�o 2001, la UDI alcanza el 25.18%, convirti�ndose en el partido m�s votado, mientras RN, que ven�a descendiendo de manera sistem�tica, obtuvo el 13,77%. En las recientes elecciones, de diciembre de 2009, la UDI tendi� a mantener ese respaldo, al obtener el 23.04% de la votaci�n en diputados. RN logr� un sorpresivo repunte que lo acerc� a su votaci�n inicial, al obtener el 17.82% de las preferencias. A principios de los noventa, por parte de RN se defini� como estrategia disputar el centro pol�tico a la Concertaci�n, y en especial al Partido Dem�crata Cristiano (PDC). En esa misma �poca, la UDI era un partido minoritario que, no obstante, pose�a una gran capacidad de veto --al interior del parlamento-- facilitado por el sistema binominal y la presencia de los senadores designados. Desde fines de los noventa, la UDI demostr� m�s efectividad en disputar el centro pol�tico adem�s de penetrar por primera vez en sectores hostiles a los partidos de derecha. Incluso, logra ese objetivo sin necesariamente desprenderse de su identidad de partido de derecha, ni romper sus v�nculos con el pasado autoritario.

Adem�s de la capacidad de veto que tuvo la UDI siendo un partido minoritario, afectando con ello una serie de proyectos de los gobiernos de la Concertaci�n, logr� entrabar una serie de decisiones e iniciativas impulsadas por RN. De hecho, entre 1989 y 1999, la UDI impuso todas las candidaturas presidenciales de la derecha; las dos primeras mediante candidatos independientes, la tercera con un representante de sus propias filas, J. Lav�n. Esta capacidad de presi�n fue interrumpida reci�n el a�o 2005 cuando Pi�era, en su condici�n de presidente de RN, aprovech� el traspi� sufrido por la UDI en las municipales del 2004 y el cuestionamiento que surgi�, desde la dirigencia de RN, a una nueva candidatura presidencial de Lav�n.

En esa coyuntura, Pi�era y gran parte de la dirigencia de RN intentaron superar el predominio y la hegemon�a alcanzada por la UDI al interior de la derecha. A su vez, pretend�an recuperar aquella votaci�n que sistem�ticamente ven�a perdiendo RN en beneficio de la UDI. Como se se�al� anteriormente, RN experiment� un fuerte declive electoral entre las elecciones parlamentarias de 1997 y 2001. Dicho declive se explica, en gran medida, por los conflictos internos intensificados tras la negativa de la mayor�a de los senadores de ese partido de acatar las resoluciones de su Consejo General en 1996, que contemplaron aprobar las reformas constitucionales promovidas por el gobierno de la Concertaci�n. Al fracasar el intento de la facci�n m�s �liberal�, RN comenz� a ser visto como un partido similar a la UDI pero sin la disciplina ni la cohesi�n de los dirigentes gremialistas. Por la misma raz�n, RN termin� siendo conducido por la facci�n �m�s dura� y conservadora, cuesti�n que afect�, de manera considerable, los objetivos de avanzar en la conformaci�n de una derecha liberal y de posicionamiento en el centro pol�tico. La candidatura de Pi�era del 2005 intent� revertir la situaci�n de RN estableciendo ciertos elementos de distinci�n con la candidatura de la UDI.

Por otra parte, desde la segunda mitad de los a�os noventa la derecha intensifica de manera considerable la competencia y la lucha por obtener la mayor cantidad de cargos de representaci�n popular, a nivel parlamentario y municipal. En lo que respecta a la competencia parlamentaria, se produce una disminuci�n del n�mero de doblajes en la Concertaci�n, en las elecciones de senadores como de diputados. Si hasta las elecciones de 1997 el n�mero de doblajes de la Concertaci�n en las elecciones de diputados fluctu� entre 11 y 10, en las dos siguientes (2001 y 2005) entre 4 y 5, en las de diciembre de 2009 no se produjo ninguno. En las elecciones de senadores, los doblajes siempre fueron siempre m�s reducidos, registr�ndose 3 a favor de la Concertaci�n en las elecciones de 1989, 1 en las de 1997, 1 en las de 2005 y ninguno en las parlamentarias del pasado mes de diciembre.

La capacidad de evitar y hacer disminuir el n�mero de doblajes fue una clara demostraci�n de aumento de la competencia por parte de la derecha, y sobre todo de la UDI. En un primer momento, la intensificaci�n de la competencia respondi� a razones eminentemente �reactivas�, o �defensivas�. Como es sabido, la incorporaci�n de senadores designados por el gobierno de la Concertaci�n, a partir de 1998, fue vista como una clara posibilidad para abolir la institucionalidad derivada del r�gimen militar. Pero desde 1999, el aumento de la competencia, por parte de la UDI y RN, fue consecuencia de las claras posibilidades, identificadas por ambos partidos, de poder alcanzar el gobierno. Es as� como la UDI se transforma no solo en el principal partido de la derecha, sino en una amenaza real para la permanencia de la Concertaci�n en el gobierno.

2) La base de apoyo y los aspectos organizativos de RN y la UDI

El crecimiento electoral que va experimentando la UDI contribuye de manera significativa al aumento de los respaldos hacia la coalici�n de derecha. Su crecimiento es exponencial, y su contracci�n, producida en las elecciones municipales de 2004 y parlamentarias de 2005, repercute en la disminuci�n del respaldo de la derecha en su conjunto. En gran medida, el crecimiento de la UDI, por sobre RN, es el resultado de un tipo de representaci�n de car�cter transversal, y no solo asociada a los segmentos socioecon�micos m�s altos. Por cierto, asegura una fuerte adhesi�n y respaldo en las comunas de mayor ingreso, pero al mismo tiempo va logrando gradualmente la capacidad de penetrar en nuevos territorios, arrebat�ndole parte de la votaci�n al PDC y a otros sectores de la izquierda intra y extra Concertaci�n.

Como es sabido, desde los a�os ochenta, la UDI viene realizando un intenso trabajo en el mundo poblacional. En un primer momento, para llevar a efecto ese trabajo aprovech� a los alcaldes designados por el r�gimen militar en las comunas populares, y que proven�an de las filas del gremialismo. Con posterioridad, fue estableciendo una amplia red clientelar con los diputados que resultaron electos, muchos de los cuales hab�an sido alcaldes designados --entre ellos, F. Bartolucci, S. Correa, P. Melero, I. Moreira y J. Orpis --, asegurando de este modo el control de amplios territorios. La adhesi�n hacia ese partido se expresa de manera transversal, al abarcar desde los grupos de m�s altos ingresos, pasando por la amplia y heterog�nea variedad de sectores que giran en torno a la clase media, pobladores, habitantes de los campamentos y mujeres jefas de hogar. Su discurso tecnocr�tico y apol�tico logra una amplia acogida en los grupos de profesionales y en una parte importante de la poblaci�n juvenil, pero su nivel de influencia sigue siendo marginal en el mundo sindical y en las comunidades cristianas de base.

A lo largo de la trayectoria de los �ltimos veinte a�os, RN ha sido un partido que ha mostrado una composici�n notoriamente m�s elitista, tanto en comparaci�n con la UDI y, en especial, con los partidos no derechistas. A diferencia de la UDI, RN es un partido que se suele identificar, e incluso ligar en t�rminos de representaci�n, con sectores del empresariado y con grandes productores agr�colas de la zona centro-sur. En el transcurso de la �ltima d�cada ha logrado replicar, en algunos municipios, como los de Puente Alto y �u�oa, la red clientelar utilizada por la UDI en diferentes comunas y distritos del pa�s.

Desde el punto de vista organizativo la UDI destaca por haber logrado constituir una estructura altamente cohesionada y articulada. Sobresale a su vez la �disciplina� de sus parlamentarios y dirigentes nacionales, as� como la coherencia de sus acciones con los lineamientos y acuerdos program�ticos establecidos por la dirigencia y las instancias centrales del partido. Es un partido que adem�s ha sabido promover nuevos y diferentes liderazgos, algunos de los cuales han emanado desde las regiones. En ese sentido, no se depende de determinadas figuras, ni se cae en el caudillismo y el personalismo entre los dirigentes. La UDI supo superar la muerte de su l�der fundacional y principal dirigente, Jaime Guzm�n, ocurrida en abril de 1991

Por su parte, RN carece de mecanismos y �rganos que permitan regular las relaciones internas, lo que ha hecho vulnerable a ese partido a la presi�n de ciertos dirigentes y facciones. La estructura organizativa deja enormes espacios para el caudillismo y los liderazgos de tipo personalista, algo que fue muy notorio en este partido durante los a�os noventa. La indisciplina y los conflictos internos, se tradujeron en una serie de crisis, muchas de las cuales culminaron con la renuncia de dirigentes y parlamentarios. Adem�s, en ese mismo per�odo provocaron la disminuci�n del respaldo por parte de los segmentos del electorado identificados con la derecha.

La UDI se diferencia de RN en hacer permanentes una serie de actividades que forman parte de la vida y la din�mica organizativa de ese partido. De hecho, al interior de la UDI, muchas de las actividades son asumidas de manera profesional, e incluso la relaci�n que los dirigentes establecen con el partido, en t�rminos de roles y funciones, se adopta de manera profesional. Algo muy distinto a lo que ocurre en RN en donde se depende de acciones voluntarias, que no necesariamente logran la continuidad y el compromiso que requiere la vida partidaria y la sostenibilidad del propio partido. Por tanto, mientras la UDI ha adoptado las caracter�sticas t�picas de las modernas estructuras y maquinarias partidarias, RN sigue manteniendo los rasgos que caracterizaron a los partidos de la derecha tradicional.

En funci�n de las caracter�sticas organizativas de RN, la irrupci�n de la candidatura de Pi�era, a partir del a�o 2005, viene a reafirmar la tendencia hacia los liderazgos de tipo personalistas. Comienza a establecer un tipo de v�nculo con la dirigencia y las bases marcadamente mediatizado. Esto le permite no solo asegurar la cohesi�n del partido, en torno a su persona y candidatura, sino adem�s aparecer como el l�der de un amplio espectro, que va desde sectores del centro hacia la derecha.

3) Aspectos doctrinarios y program�ticos de la derecha

En la �ltima campa�a electoral se hizo recurrente, sobre todo por parte del candidato presidencial, S. Pi�era, de mostrar a la derecha chilena como una derecha liberal e incluso �progresista�. La noci�n de �progresismo�, que tanto en el contexto europeo como latinoamericano proviene de aquella izquierda que termina adoptando los esquemas de la socialdemocracia, se presta en la actualidad para una serie de confusiones. Tales confusiones han llevado a muchos a plantear la necesidad de desechar ese concepto, incluso de la conversaci�n coloquial pues, m�s que permitir la definici�n --o redefinici�n-- de las identidades pol�ticas, a la larga termina produciendo lo contrario. Queda la impresi�n que muchas cosas caben en el �progresismo�, y amplios son los sectores que pueden ser definidos como tal. No es casual, que dentro de la ambig�edad y la hibridez discursiva de la campa�a que presidi� a las elecciones de diciembre, la noci�n de �progresismo� y de �progresista� haya alcanzado tanta fuerza. Como progresistas se autodefinieron Arrate, Frei, Marco Enr�quez-Ominami (MEO) y el propio Pi�era.

En lo que respecta exclusivamente a la derecha, lo que resulta claramente discutible es el supuesto liberal subyacente a la candidatura de Pi�era, y a lo que ha sido la trayectoria de ese sector en los �ltimos a�os. Sabido es que la �derecha liberal�, dicho por dirigentes de RN y la UDI, fracas� hacia 1997. Si alguna vez existieron sectores liberales en RN estos fueron marginales, o minoritarios dentro ese partido, y terminaron siendo desplazados por aquellos sectores m�s conservadores o que simplemente no adher�an a las propuestas impulsadas por un peque�o grupo de dirigentes, entre ellos A. Allamand, R. Ossand�n, L. V. Ferrada, entre otros.

Pero existen otros antecedentes que echan por tierra los supuestos liberales de la derecha. Uno de ellos es la tensa y ambigua relaci�n que la derecha tiene con las instituciones, y sobre todo con las instituciones democr�ticas. Sabido es que el liberalismo defiende y promueve la divisi�n de poderes. En Chile, la propia derecha particip� en el dise�o de la arquitectura constitucional que ha provocado la existencia de un excesivo presidencialismo, que a veces impide las posibilidades de control de los otros poderes del Estado. Adem�s, la derecha chilena es indiferentes, o bien autocomplaciente, con la concentraci�n de la propiedad, y la existencia de monopolios, que devienen en poderes pre-pol�ticos o �f�cticos�, con una fuerte capacidad de influencia. El liberalismo, desde un comienzo, apost� por la existencia de condiciones de pluralidad, lo que ha llegado a constituir uno de los requisitos centrales para el funcionamiento de la democracia liberal. La derecha posee el control de gran parte de la prensa escrita, de las radios y la televisi�n. A partir del 11 de marzo, tendr� el control total de los medios de comunicaci�n.

El liberalismo tambi�n apost� por la existencia y el desarrollo de contrapoderes en la sociedad, para de esa manera evitar todo despotismo o la propensi�n de algunos sectores de concentrar las atribuciones en muy pocas instituciones y poderes. La derecha chilena se ha transformado en un verdadero superpoder, o en un sector que logra controlar el poder econ�mico, el poder cultural y ahora el poder pol�tico.

La renovaci�n de la pol�tica, y el cambio generacional, la derecha lo viene planteando desde fines del r�gimen militar. En los �ltimos a�os lo plante� como propuesta alternativa a la Concertaci�n, a su forma de gobierno y su estilo de conducci�n del aparato del Estado. Pero insisto, no es algo reciente en la derecha. Es recurrente en el discurso de la derecha, y aparece con fuerza tras la irrupci�n de la candidatura presidencial de Lav�n 1999. Con anterioridad, durante la campa�a para las parlamentarias de 1989, para resaltar los atributos de sus candidatos, la UDI hizo un uso reiterado de la palabra �joven� y la expresi�n �nuevo estilo�.

La cr�tica a los �partidos tradicionales� manifestada por Pi�era, y curiosamente, coincidente con el discurso de MEO, ya hab�a sido formulada por la UDI en su Congreso Doctrinario de 1991. En ese Congreso la UDI defini� a la pol�tica como �acci�n de servicio�. De acuerdo a lo que se planteaba, en esa ocasi�n, y como lo aclarara H. Larra�n, eso implicaba intensificar su intervenci�n en las comunas populares, junto a la promoci�n de una acci�n pragm�tica --supuestamente--, desideologizada y despolitizada. En una entrevista concedida por Lav�n, en noviembre de 1999, sosten�a que: �Pol�tica, para m�, significa servicio p�blico (...) Que los partidos sean intermediarios entre la gente y el gobierno, hoy en d�a ya no es tan as�. Por su nivel de informaci�n y educaci�n, la gente piensa que casi se puede representar sola� (Ercilla, N� 3.124: 12). Por otra parte, tanto la UDI, como parte importante de RN --que resaltaba el papel de los gremios--, fueron cr�ticos a la acci�n de los partidos y a la agenda del gobierno que buscaba las modificaciones a la Constituci�n de 1980, y dem�s �enclaves autoritarios�.

En la derecha chilena, la influencia del pensamiento conservador, y sobre todo del catolicismo es m�s que notoria. Ambos partidos enfatizan el rol de la familia, se oponen a cualquier alteraci�n de esa unidad, y sostienen regirse por los principios de la civilizaci�n cristiano-occidental. Sin necesidad de remitir a la tradici�n hispano-cat�lica, RN y la UDI acogieron y adhirieron a la Enc�clica �Centesimus annus�, promulgada por Juan Pablo II en 1991. Esta Enc�clica fue asumida por los partidos de la derecha y no, como en otras ocasiones, por el PDC. En esa enc�clica se hizo hincapi� en el ejercicio de los derechos econ�micos, definiendo al mercado como asignador de los recursos y a la empresa como una �comunidad de trabajo�.

En relaci�n al mercado, es plenamente coincidente la posici�n doctrinaria y program�tica de RN y la UDI. La UDI ha venido sosteniendo que lo clave para la reducci�n de la pobreza es apostar al crecimiento y al aumento del producto nacional. Esto se traduce en una disminuci�n del rol del Estado, y de su capacidad interventora, y en un mayor protagonismo del sector privado. En la declaraci�n de principios de RN, actualmente disponible en el sitio web www.rn.cl, se sostiene que �Los sistemas econ�micos que estimulan en cada persona la capacidad generadora de riqueza, obtienen un desarrollo econ�mico y un bienestar social muy superiores a los colectivismos planificados por la burocracia estatal�. Para ambos partidos, frente a las imperfecciones o limitaciones del mercado, cabe al Estado solo asumir un rol de tipo subsidiario. En t�rminos econ�micos, la derecha chilena tiende a coincidir con los postulados del liberalismo econ�mico cl�sico, que apost� por un mercado y una sociedad autorregulada, sin ingerencia del Estado y de otras instituciones sociales y pol�ticas.

4) Algunas lecciones para los sectores no derechistas

La derecha ha llegado al gobierno, y en estos momentos se encuentra definiendo las medidas m�s inmediatas para implementar a partir del 11 de marzo. Afina detalles para el traspaso y la distribuci�n de los cargos de confianza; a su vez, hace expl�citos una serie de puntos que fueron anunciados, de manera gen�rica, en el programa de gobierno. Mientras ocurre todo eso, no hay reacci�n alguna, ni siquiera frente a las eventuales medidas y propuestas que han surgido del sector empresarial. Ni de parte de la Concertaci�n, ni mucho menos de parte de la izquierda no concertacionista, se definen posiciones claras y acciones a seguir. Se observa, en ambos sectores, desconcierto y confusi�n tanto en relaci�n al presente como al futuro.

Hist�ricamente, fue la izquierda, y desde fines de los cincuenta el PDC, quienes lograron constituir partidos m�s estructurados y consolidados desde el puno de vista org�nico. La derecha siempre fue m�s desestructurada, con una fuerte tendencia al divisionismo y al �canibalismo pol�tico�. En los �ltimos a�os ha sido la derecha la que se ha presentado de manera mejor organizada, mientras que en el resto del espectro no derechista ha predominado el divisionismo, la confusi�n, el sectarismo y la precariedad institucional. Vale decir, los sectores no derechistas poseen hoy d�a una serie de falencias que le impiden enfrentar, de manera acertada y mancomunada, las acciones y decisiones del nuevo gobierno. Para hacer oposici�n, fiscalizar al gobierno, presentar propuestas y ganar la adhesi�n del electorado, resulta primordial contar con una estructura org�nica, articulada en uno o varios partidos. Sin eso dif�cilmente se puede pensar en el desarrollo de una oposici�n, que act�e de manera permanente, y que sea capaz de canalizar el descontento.

A inicios del gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) la derecha defini� que no hab�a �zonas neutrales�, cuando se refer�a a la pol�tica y a la organizaci�n de la sociedad. Para la derecha de ese entonces era necesario intervenir en todos los escenarios de acci�n y de participaci�n, para quitarle espacio y poder a sus adversarios pol�ticos. Prepararse para las elecciones parlamentarias y municipales era tan importante como intervenir en las elecciones de las directivas de los gremios, o en los centros de alumnos de los liceos fiscales. En los a�os noventa, se mantuvo esa misma l�gica pero privilegiando y definiendo �reas y sectores estrat�gicos. Para la derecha, y sobre todo para la UDI, pas� a ser fundamental avanzar en el mundo poblacional, invertir en centros educacionales y en medios de comunicaci�n.

La Concertaci�n es responsable de la derrota electoral sufrida por E. Frei en la �segunda vuelta� del 17 de diciembre; pero tambi�n lo es el conjunto de la izquierda que no supo, en estos veinte a�os, crecer, ni supo proyectarse como una alternativa real y viable. De parte de la izquierda no concertacionista, el �mbito electoral fue abandonado, o delegado a la Concertaci�n y a quienes conforman hoy al Juntos Podemos. Se lleg� al absurdo de plantear que lo electoral serv�a solo para reproducir �pugnas interburguesas�. Abandon� con ello uno de los principales escenarios de la lucha pol�tica, olvidando incluso que el derecho a la participaci�n y el sufragio universal son conquistas hist�ricas de las cuales fue art�fice la propia izquierda.

La izquierda, lo que quede de la Concertaci�n, y el mundo no derechista en general, deben aprender de ese fracaso, as� como considerar que muchas veces los personajes y los hechos hist�ricos se vuelven a repetir, �la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa�. A veces la izquierda privilegia la cr�tica a tal nivel que cae en el inmovilismo; pone �nfasis en los grandes procesos y las estructuras, olvid�ndose de la coyuntura y de las cuestiones m�s inmediatas. Suele carecer de habilidades pol�ticas y le cuesta tomar decisiones. Posee un arsenal terminol�gico y discursivo con el que, normalmente, se pasa de revoluciones cayendo en la crisis existencial. As� se le han pasado veinte y quiz�s m�s a�os. De superar todo esto, y poder fortalecer las estructuras partidarias, va a depender si estos �ltimos veinte a�os sean vistos en el futuro con nostalgia, si es que las condiciones empeoran, o como un per�odo de aprendizaje pol�tico.

Santiago, enero 28 de 2010

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