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La suerte estaba echada
Octavio Avendaño
07 JULIO 2010 Ver más artículos publicados  Volver
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La suerte estaba echada

�Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del est�o, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad heladas (...) La pol�tica consiste en una dura y prolongada penetraci�n a trav�s de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasi�n y mesura� (Max Weber).

Los resultados de la segunda vuelta del pasado domingo 17 de enero tendieron a confirmar lo que se ven�a anticipando como lo m�s probable: el triunfo del candidato de la derecha, S. Pi�era, y la derrota del abanderado oficialista, E. Frei. La diferencia de casi 3.21 puntos porcentuales entre ambos fue estrecha, si se piensa en la amplia ventaja --de casi 15 puntos-- obtenida por Pi�era en la primera vuelta del 13 de diciembre. Adem�s, los resultados mostraron que de la votaci�n anteriormente obtenida por Marco Enr�quez-Ominami (en adelante MEO), cerca un 60% se inclin� hacia la candidatura de Frei y alrededor de un 40%, en cambio, hacia la opci�n de Pi�era.

La estrechez de los resultados entre Pi�era y Frei se explica, en gran medida, por el giro que fue tomando la campa�a en la segunda vuelta, especialmente por parte de la candidatura oficialista. La fase final de la campa�a estuvo marcada por una serie de ajustes al interior de su comando, el aumento de las adhesiones, y un intenso apoyo de una parte de la izquierda no concertacionista. Este giro evit� que se produjera una verdadera debacle electoral para la coalici�n oficialista, contrastando con lo ocurrido en el per�odo inmediatamente posterior a la primera vuelta. Hasta los primeros d�as de enero, la campa�a de E. Frei debi� enfrentar el aumento de los conflictos al interior de los partidos de la coalici�n, problemas de conducci�n e inoportunas y err�ticas decisiones por parte de quienes conformaban su comando electoral.

La derrota de la Concertaci�n obedece a causas que son estrictamente pol�ticas. No influy� el haber estado en medio de una crisis que contrajo el crecimiento y produjo el aumento del desempleo. De hecho, desde temprano se fue arraigando en la opini�n p�blica la imagen de un manejo adecuado de la crisis por parte del gobierno. Por tanto, las causas que produjeron la derrota de la Concertaci�n deben buscarse en los conflictos que se desencadenaron al interior de los partidos que la conforman. A su vez, se pueden identificar otros fen�menos, menos coyunturales, relacionados con el tipo de l�gica y forma de conducci�n adoptada por la dirigencia concertacionista hace ya m�s de una d�cada. La combinaci�n de estos factores fue generando el terreno propicio para la fuga de una parte del electorado que se hab�a hecho cada vez m�s vol�til y distante de la coalici�n.

1) Desaciertos y posibilidades de la Concertaci�n Durante todo el �ltimo tiempo se viene hablando de crisis terminal de la Concertaci�n, aludiendo a la falta de proyecto y a las dificultades para reencantar al electorado que la convirti� en mayor�a hasta las elecciones de enero del 2006. Tambi�n se alude, sin especificar en qu� consiste, al modo de funcionamiento de los partidos, como si �stos fueran permanentemente monitoreados por el conjunto del electorado. Muchos de estos argumentos pecan de simplistas. Quienes hablan de falta de proyecto no consideran el giro que se produjo, en la �ltima d�cada, desde aquella estrategia abiertamente conservadora que predominara en la casi totalidad de los a�os noventa. Como es sabido, en ese per�odo, la Concertaci�n privilegi� la gobernabilidad y estabilidad del sistema pol�tico, as� como el manejo de las variables macroecon�micas, subestimando la participaci�n y la organizaci�n de los sectores populares. Tampoco hacen hincapi� en la falta de mecanismos de democracia interna en los partidos que la conforman. Tienden a resaltar las disputas y conflictos, que suelen responder m�s a personalismos que a diferencias program�ticas e ideol�gicas, pero se olvidan de la ra�z de esas tensiones: la falta de mecanismos que regulen las relaciones y las disputas internas, y que hagan posible la coexistencia de tendencias y facciones diversas. Esta carencia, obviamente, va m�s all� de los partidos de la Concertaci�n, afectando al conjunto del sistema de partidos de nuestro pa�s; pero ser� un factor decisivo a la hora de recomponer las relaciones internas y hacer viable las iniciativas de la nueva oposici�n.

Despu�s de la segunda vuelta ha quedado bastante claro que la permanencia o desaparici�n de la Concertaci�n depender� de cu�n agudos puedan ser el fraccionamiento y el divisionismo al interior de sus partidos. Tambi�n depender� de las posibilidades que �stos tengan para recuperar el protagonismo que fueron perdiendo a partir del tercer gobierno de la Concertaci�n, encabezado por Ricardo Lagos (2000-2006). A inicios de los noventa, la Concertaci�n funcionaba de manera coordinada, pese al marcado car�cter cupular de muchas de las decisiones. La vida partidaria, y sobre todo las elecciones de las directivas, en ocasiones, concitaron la atenci�n de buena parte de la opini�n p�blica. El sentido de la coordinaci�n y el rol mismo de los partidos diminuy� en la segunda mitad de los noventa. Bajo la administraci�n de Lagos, el rol de los partidos fue desplazado, abiertamente, por la funci�n que pasaron a cumplir los consejeros y estrategas comunicacionales que operaban desde el segundo piso de La Moneda. Dicha tendencia se mantuvo bajo la administraci�n de la se�ora Bachelet, pese a que desde los inicios fracasara la idea del �gobierno ciudadano�, agudizando con ello la crisis de la coalici�n.

Una democracia moderna no puede prescindir de los partidos, as� como tampoco puede prescindir de otras instituciones que hagan posible el monitoreo, la fiscalizaci�n y la comunicaci�n con los distintos sectores de la sociedad. Con mayor raz�n una coalici�n no puede desconocer la funci�n de sus partidos, ya que de lo contrario termina negando su propia esencia. Hoy en d�a son los partidos de derecha los que tienen vida partidaria propiamente tal, y organizaciones como la UDI las que logran establecer canales de comunicaci�n entre sus directivas centrales y la militancia de base. Los gobiernos de la Concertaci�n dejaron morir a la prensa independiente, afin a sus organizaciones e ideario pol�tico. Lo hicieron bajo el pretexto de estar en el gobierno. Sin embargo, a partir de marzo sus partidos van a carecer de todo canal de expresi�n, alternativo al futuro gobierno de derecha, y al duopolio de Copesa y El Mercurio, para poder cumplir un efectivo rol de fuerza opositora. No tendr�n con qu� mantener un canal de comunicaci�n con los sectores que se consideren opositores, o simplemente expectantes a las iniciativas del nuevo gobierno.

Por otro lado, la Concertaci�n logr� beneficiar a una importante franja de la poblaci�n. Desde los primeros a�os de su gesti�n, a principios de los noventa, se fue produciendo un aumento de los ingresos y salarios reales, junto con el aumento del poder adquisitivo de parte importante de la poblaci�n. Emergi� con ello un nuevo segmento de chilenos �aspiracionales�; es decir, un amplio y heterog�neo sector que se ubic� entre la clase media m�s tradicional, y aquellos grupos que lograban dejar atr�s su condici�n de vulnerables. Este sector lleg� a ser capaz de prescindir del Estado, y a sentirse m�s c�modo gozando de todas las ventajas ofrecidas por el mercado. Ha sido un sector que rechaza el intervencionismo y la regulaci�n estatal, y que mira con desconfianza los servicios y el funcionamiento de las instituciones p�blicas. La disminuci�n de la pobreza, que no se tradujo en estos veinte a�os en una reducci�n de la desigualdad, permiti� engrosar las filas de este amplio y heretog�neo sector, al integrase aquellos grupos que se distanciaron de la pobreza y la vulnerabilidad.

Al mejorar su condici�n, los chilenos �aspiracionales� modificaron sus demandas y su relaci�n con el Estado. Durante toda la campa�a, este sector no logr� sintonizar con la propuesta de m�s Estado planteada por E. Frei. Eso s�, sintoniz� muy bien con la cr�tica a los partidos formulada por MEO y, sobre todo en segunda vuelta, con el discurso de la derecha. La importancia asignada a la --todav�a insuficiente-- protecci�n social, y el reconocimiento p�blico de lo que ha sido la gesti�n gubernamental en esta materia, permitieron a Frei recuperar el respaldo de las comunas populares.

Por cierto, la derrota del pasado domingo 17 obedece a muchos otros factores, entre ellos el mal manejo de la administraci�n de algunas regiones, la ausencia de organizaci�n y participaci�n en este tipo de territorios, y una desconexi�n casi completa con las c�pulas que operan en las sedes centrales de los partidos. De otra forma no se explica el repunte de Pi�era en las regiones del norte y la amplia distancia que se produjo desde la araucan�a hacia el sur. En ciertas regiones, y en particular algunas comunas rurales de las regiones sexta y s�ptima, la campa�a de la primera y la segunda vuelta estuvo marcada por la inercia, y los respaldos alcanzados por el candidato de la Concertaci�n derivaron del peso de la �memoria hist�rica�, que de iniciativas emprendidas por los comandos y partidos.

2) La izquierda no concertacionista

El cineasta Nanni Moretti ha tenido el m�rito de mostrar en cada una de sus producciones la crisis y la p�rdida de sentido experimentada por la izquierda italiana desde fines de los a�os setenta. En una de sus pel�culas, Aprile, se esmera en presentar c�mo la izquierda --por s� sola-- se fue silenciando e intimidando luego del primer triunfo de Silvio Berlusconi, en marzo de 1994. La izquierda, en ese momento y en los a�os inmediatamente posteriores, sigui� existiendo como fuerza protag�nica e influyente, pero cada vez m�s pasiva e incapaz de representar a las nuevas demandas y conflictos de la sociedad italiana. En otra producci�n muy posterior, Il Caimano, estrenada en los momentos en que Berlusconi buscaba su reelecci�n, en marzo de 2006, Moretti muestra a una izquierda que existe solo en el recuerdo, y a una sociedad completamente adaptada a los cambios impulsados desde mediados de los noventa. El hecho de presentar a la izquierda como un recuerdo parece haber sido una premonici�n por parte del cineasta, si se considera que dos a�os despu�s la centro-izquierda sufrir�a una aplastante derrota por parte de la coalici�n de Berlusconi, y el resto de la izquierda ser�a completamente pulverizada de la escena electoral y parlamentaria.

A lo largo de este recorrido, Moretti demuestra que el fen�meno Berlusconi no solo ha sido el resultado de factores end�genos o asociados al despliegue de una derecha cada vez m�s agresiva, sino a la crisis existencial que aqueja a la izquierda y al debilitamiento que ella va experimentando en el arco temporal de m�s de quince a�os. Esta situaci�n es perfectamente extrapolable a lo que ocurre con la izquierda de nuestro pa�s. Junto con afectar a la Concertaci�n, la reciente derrota puso en evidencia la crisis de la izquierda que a estas alturas ya no solo existencial. De hecho, la derrota de Frei contagia y salpica a quienes fueron distantes a �l --y al PDC --, y que fueron incluso sus opositores, pero que en el �ltimo tiempo les hab�a parecido intolerante --por distintos motivos-- una victoria electoral de la derecha.

A excepci�n del PC, la izquierda no concertacionista se encuentra hoy en una situaci�n de foja cero. Posee una nula capacidad de convocatoria, y carece de toda propuesta que le permita llegar a ser una alternativa a la Concertaci�n y a la derecha. Durante m�s de veinte a�os ha privilegiado la veneraci�n de s�mbolos y la repetici�n mec�nica de consignas, que carecen muchas veces de todo contenido; por el contrario, ha evitado la discusi�n de ideas, y se ha mostrado incapaz de desarrollar relaciones pol�ticas con otras agrupaciones y partidos del mismo sector. No sabe en este momento si plantear una �v�a chilena�, imitar el chavismo, o seguir las experiencias de la izquierda brasile�a y uruguaya.

Desde principios de los noventa, la izquierda deleg� en la Concertaci�n el desarrollo de las estrategias destinadas a competir --en t�rminos electorales y pol�ticos-- con la derecha. Cuando no se escud� en la Concertaci�n, adopt� una actitud claramente pasiva frente al amenazante crecimiento electoral de los partidos de la derecha. Peor aun, la izquierda no fue capaz de ocupar aquellos territorios que, desde muy temprano, abandonaron y dejaron a la deriva los partidos de la Concertaci�n, y que r�pidamente fueron ocupados por la UDI. En buenas cuentas, descuid� importantes escenarios de disputa y de lucha pol�tica, que en el corto plazo permitir�an resistir a las iniciativas implementadas por el pr�ximo gobierno derechista.

Tampoco ha sabido llegar a los sectores que hoy sufren, de manera m�s directa, la crudeza del modelo; o simplemente, que viven los efectos de la flexibilidad laboral y la contracci�n de la actividad econ�mica. No ha sabido ir m�s all� de la acci�n sindical, y de un sindicalismo marcadamente tradicionalista, ni tampoco del v�nculo puntual con algunas organizaciones poblacionales. De hecho, no ha sabido siquiera hacer un diagn�stico adecuado respecto de la situaci�n de la gran masa laboral que se desempe�a en el sector servicio; es decir, en la banca, en los supermercados y las multitiendas en general. Dicho sea de paso, en el sector clave para el funcionamiento general del modelo, y pol�ticamente estrat�gico considerando la condici�n del presidente electo, S. Pi�era. Tampoco ha sabido manifestar su posici�n respecto al deterioro de las condiciones de vida en los principales centros urbanos, y una diversidad de otros temas de �ndole socioecon�micos y culturales.

Como ocurre con el conjunto de la izquierda, en este sector en particular se observa una incapacidad de prescindir de la Concertaci�n, sobre todo para los efectos de la sobrevivencia material de sus dirigentes y organizaciones. Muchos militantes y participantes de las organizaciones de la izquierda se desempe�aron al interior de las reparticiones estatales, o directamente actuaron como consultores y/o ejecutores de los programas implementados por la pol�tica p�blica de los gobiernos de la Concertaci�n. Tambi�n se vieron en la necesidad de acceder a fondos concursables, como los del Fondart, para de esa manera poder implementar una serie de iniciativas de difusi�n cultural y asegurar la sobrevivencia de sus organizaciones.

3) La (nueva) derecha al gobierno

En el �ltimo tiempo se ha hecho un lugar com�n entre anal�stas y opin�logos, que figuran en la prensa escrita, de hablar de la formaci�n de una nueva derecha. Se tratar�a, seg�n este tipo de afirmaciones, de una derecha distinta, m�s liberal y que valora la democracia, en relaci�n a la otrora derecha pinochetista, antidemocr�tica y golpista. Los argumentos, al respecto, pecan muchas veces de simplistas y de ingenuos, y en algunos casos de un marcado oportunismo considerando el momento en que han sido esgrimidos.

La derecha chilena dista mucho de ser liberal, a pesar de que algunos de sus dirigentes, como Allamand y el mismo Pi�era, y uno que otro acad�mico, como O. Godoy, se esmeren en demostrar lo contrario. Si fuera liberal respetar�a la divisi�n de poderes, se habr�a jugado tenazmente por abolir todo resabio autoritario persistente en la democracia chilena, y no tendr�a conflictos a la hora de modificar y reemplazar la Constituci�n de 1980. Evitar�a que los intereses de ciertos grupos sobrepasaran el normal funcionamiento de las instituciones y prevalecieran por sobre el inter�s de la mayor�a. Tratar�a incluso de modificar el r�gimen pol�tico, intentando pasar del presidencialismo hacia, al menos, un seudo parlamentarismo, o un seudo presidencialismo. De ese modo, y no de otro, la propia derecha asegurar�a que la democracia pudiera funcionar acorde con los principios promovidos por el liberalismo --e incluso por el liberalismo m�s cl�sico-- y no necesariamente con aquellos pregonados por el �progresismo� de la izquierda. Por tanto, la derecha chilena sigue siendo tan conservadora y autoritaria, como a inicios de los noventa, o como en la d�cada del setenta. Eso s�, cambia de maquillaje de vez en cuando, y adopta una actitud claramente travestida.

Cierto que, en su fisonom�a, los sectores que conforman la derecha hoy difieren de la derecha latifundista que defendi� de manera agresiva el derecho a la propiedad y resisti� a la pol�tica de expropiaciones impulsada por los gobiernos de Frei Montalva (1964-70) y Allende (1970-73). En la base, una parte importante de su militancia y de sus adherentes proviene de las comunas populares. En la c�spide, se compone de profesionales calificados y de un empresariado globalizado vinculado a un capitalismo altamente sofisticado. En doscientos a�os de vida independiente, este pa�s ha ido evolucionando en su estructura de dominaci�n, pasando de latifundistas a empresarios estatistas (tras la creaci�n de la CORFO), luego por tecn�cratas, hasta llegar finalmente a empresarios globalizados. El empresariado de hoy no solo requiere de propiedad y buenos v�nculos, tambi�n de destrezas y habilidades para sobrevivir en mercados cada vez m�s din�micos y fuertemente competitivos. Est� en la banca, en la bolsa, participa del sector servicios, y tambi�n en los sectores productivos m�s estrat�gicos. En lo que concierne a los valores, quienes conforman la c�spide de la derecha, �buscan consuelo� en una serie de sectas marcadamente ultramontanas, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo y Fiducia. O bien siguen practicando el catolicismo, en un modo tradicional, como lo muestra, de manera frecuente, el presidente electo, S. Pi�era.

No es una derecha laica; ni tampoco, entre los sectores que la conforman, se observa una cercan�a con la tradici�n republicana de la derecha inglesa y francesa. La derecha chilena tiende a entremezclar elementos de la bizarra derecha italiana, representada por Forza Italia y Alianza Nacional, la mexicana de Fox, y la colombiana de Pastrana y Uribe. Es una derecha que desconf�a del Estado, pero no solo del estatismo: desconf�a de ciertos idearios republicanos, relacionados con el funcionamiento de instituciones que garanticen el respeto de la libertad individual y la igualdad de oportunidades. Desconf�a de la participaci�n, de ah� que defienda de manera categ�rica el voto voluntario para evitar que se emule cualquier modelo de participaci�n inclusiva, o coherente con el ideario que inspir� la instauraci�n del sufragio universal. La relaci�n con la justicia tambi�n puede llegar a ser conflictiva. Pi�era y Berlusconi comparten la experiencia de haber rehuido de ella. Ambos consideran que la concentraci�n de la propiedad puede ser el resultado de las habilidades para competir al interior del mercado. Y por ende, la legislaci�n anti-trust es para ambos un mero resabio del estatismo y del intervencionismo.

Para el funcionamiento de su gobierno, Pi�era no puede prescindir de la UDI, ni al interior de las reparticiones estatales, ni al interior del parlamento. Sabido es que la UDI posee la mayor cantidad de cuadros preparados para asumir funciones t�cnicas en los principales cargos, de confianza, del futuro gobierno. La derecha, en la actualidad, cuenta con una significativa representaci�n parlamentaria. Mientras la Concertaci�n posee 19 esca�os en el senado, la derecha 18. De los 18 senadores ligados a este sector, 2 son independientes, 8 pertenecen a la UDI y el mismo n�mero a RN --el partido de Pi�era. La UDI posee la mayor cantidad de diputados, en relaci�n a todos los partidos con representaci�n parlamentaria. De los 58 diputados que pertenecen a la derecha, 40 representan a la UDI y 18 a RN.

Esto nos indica que, m�s que un �gobierno de unidad nacional�, que logre integrar y establecer acuerdos con sectores de la Concertaci�n, el gobierno de Pi�era deber� asegurar buenas relaciones con sus socios y aliados naturales. Son sus aliados de la UDI los que est�n en condiciones de vetar y bloquear iniciativas legales, lo que hace impensable en una estrategia que apunte al aislamiento de ese sector. Que se mantengan funcionarios y cuadros t�cnicos del actual gobierno, por quiz�s cuantos meses, ser� parte de una maniobra de hacer menos violento el traspaso y, por otro lado, la respuesta a una necesidad real: la imposibilidad de vaciar completamente el aparato del Estado.

Lo m�s probable es que la derecha no privatice m�s ni altere el presupuesto asignado a la pol�tica social. En relaci�n a esto �ltimo, cabe destacar que el --todav�a d�bil-- sistema de protecci�n social se ver� modificado por el �nfasis asignado al traspaso directo de los recursos a los usuarios y la poblaci�n beneficiaria. Se eliminar�n los intermediarios, y reducir�n las instituciones encargadas de regular los problemas de inserci�n de esa misma poblaci�n. Para salud y educaci�n lo m�s probable es que aumenten los bonos, becas y otros recursos de tipo monetario, y de ese modo permitir que estos sectores transiten entre los servicios p�blicos y privados. Ser� una forma indirecta de reducci�n del sector p�blico y de fortalecimiento del sector privado.

4) Proyecciones: las posibilidades para una nueva oposici�n

El gran desaf�o para las fuerzas no derechistas ser� lograr conformar una oposici�n efectiva y desafiante al nuevo gobierno que se instalar� el pr�ximo 11 de marzo. Es decir, una oposici�n que no asuma una actitud pasiva, como ocurri� en estos a�os con una parte de la izquierda respecto de los gobiernos de la Concertaci�n. Esta oposici�n, si pretende ser mayor�a y desplazar en el futuro a la derecha del gobierno, deber� ser una fuerza con capacidad de pendular entre la izquierda y el centro. De lo contrario, estar� condenada simplemente a mantenerse al margen del gobierno, y gastar todas sus energ�as con aquellos grupos que ahora les baja el inter�s por ser oposici�n, y al mismo tiempo por intentar conducirla.

Una oposici�n es desafiante cuando tiene la posibilidad de acumular, sobre todo, fuerza electoral. Tal como lo hizo la propia derecha, cuando dej� de conformase con las ventajas ofrecidas por el sistema binominal y se puso como meta llegar al gobierno. O como lo hizo la izquierda brasile�a, desde fines de los ochenta, o en igual per�odo la izquierda uruguaya representada por el Frente Amplio. Pero la oposici�n desafiante no se limita solo a acumular fuerza y respaldo electoral. Tambi�n necesita intervenir en otras arenas y escenarios de acci�n, entre ellos el parlamentario y aquellas en donde se define la pol�tica p�blica. Por �ltimo, la oposici�n desafiante se expresa no solo como oposici�n pol�tica sino tambi�n como oposici�n social. Este es quiz�s uno de los mayores desaf�os que tendr� que enfrentar la nueva oposici�n: fortalecer los v�nculos con la sociedad, fomentar las organizaciones y recuperar la adhesi�n y confianza de determinados grupos sociales. Por cierto, deber� tener que saber canalizar las nuevas demandas y conflictos que provengan de sectores, precarizados muchas veces, pero no tradicionales.

La futura oposici�n deber� ser propositiva y tambi�n saber desarrollar pol�ticas de alianza. En el caso de la izquierda el gran problema que ha tenido es no haber superado el infatilismo y aprendido a relacionarse pol�ticamente. Una oposici�n que no es desafiante se transforma en una oposici�n permanente o simplemente en una oposici�n pasiva. Si esto llega a ocurrir, la derecha se mantendr� con facilidad en el gobierno por varios per�odos o quiz�s d�cadas. Para ser oposici�n no basta solo con el mero hecho de no estar en el gobierno. Las democracias occidentales ofrecen una serie de ejemplos de partidos que nacieron, se desarrollaron y desaparecieron, estando en la oposici�n y que no lograron jam�s estar cerca del gobierno. La futura oposici�n deber� asumir que para alcanzar el gobierno, y desplazar a la derecha, necesita recuperar la confianza de importantes sectores de la poblaci�n y ser vista como alternativa real de gobierno.

�De d�nde podr�a salir esta nueva oposici�n? Por cierto de sectores que provienen de la Concertaci�n, lo cual depender� de c�mo evolucionen las relaciones al interior de los partidos que la conforman. Tambi�n podr� derivar de sectores pertenecientes al Juntos Podemos, y del resto de la izquierda que decida, de una vez por todas, actuar comprometida y responsablemente. Quienes conformen esta nueva oposici�n deber�n tener en cuenta dos cosas. Por un lado, que m�s que el liderazgo y la conducci�n lo decisivo ser� el fortalecimiento de las organizaciones y las instituciones, en especial de aquellas destinadas a fomentar la participaci�n y la discusi�n. Por otro lado, ser� necesario recuperar el centro pol�tico. De ah� que la izquierda no pueda prescindir de sectores provenientes de la Concertaci�n; ni desde �sta misma, de agrupaciones y organizaciones provenientes del mundo de la izquierda.

Hay una historia y en cierta medida una identidad en la cultura pol�tica chilena que hace viable un acercamiento de este tipo. Recordemos que la lucha contra el autoritarismo se llev� a trav�s de una m�stica, y un tipo de acci�n mancomunada, que se expres� en frases tan simples, pero tan significativas, como �todos al parque�. De lo que se trataba en ese momento era de aunar fuerzas, y de no excluir. Ahora, ser� necesario fomentar la discusi�n y la generaci�n de propuestas, evitando el divisionismo y el caudillismo, que responde m�s a ambiciones personales o a una sobreideologizaci�n que no sirve para nada, salvo para conducir al fracaso. Hay todav�a derechos que defender y evitar que sean abolidos y derogados, lo que podr� ser un est�mulo importante en pos de la lucha mancomunada. La discusi�n y la reflexi�n que se genere, en distintas instancias, har� posible consensuar una futura plataforma electoral y un programa de gobierno.

No faltar�n quienes intenten y ambicionen la conducci�n de la nueva oposici�n. Esto ser� positivo si permite fomentar la discusi�n pol�tica y program�tica. Pero ser� negativo si reproduce lo que se ha conocido al interior de la izquierda. Negativo si se queda en la cr�tica virulenta y anti-partidos como la manifestada por el joven MEO antes y durante la primera vuelta del 13 de diciembre. Todos hemos sido testigos de un caudillismo generado a la fuerza, utilizando, como la derecha, el poder del dinero y actuando de manera absolutamente irresponsable. �Qu� laya de liderazgo es el que no sabe tomar una decisi�n, por los riesgos que eso implica para su imagen personal?. �Qu� laya de liderazgo es el que act�a de manera oportunista, cuando ya no hay posibilidades de maniobra alguna?. �Qu� laya de liderazgo es el que rasga vestiduras cuando la crisis es inminente, pero antes act�a igual que todos quienes ostentan el poder? En la izquierda, los oportunismos se ven de manera frecuente, as� como las traiciones y las manipulaciones. Por ende la importancia de recuperar la discusi�n pol�tica, y el respeto por las diferencias.

Habr� quienes opten por otros caminos. Pero recordemos que es la derecha la que estar� ahora en el gobierno. Detalle no menor y que es necesario siempre reiterar. Tambi�n recordemos que en doscientos a�os los sectores populares, en muy pocas ocasiones, han estado dispuestos a enfrentar a sus patrones. Ahora, considerado las complejidades del sistema, es dif�cil que se enfrenten a directores de empresas, gerentes de bancos y miembros de los grandes holdings.

Santiago, enero 19 de 2010

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