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México: galanes y charrasqueados
Marco Villasmil
07 JULIO 2012 Ver más artículos publicados  Volver
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México: galanes y charrasqueados

¿SIGUE EL DINOSAURIO ALLÍ?

Uno de los mini-cuentos más populares fue escrito por el guatemalteco Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Ha sido muy recordado en estos últimos días, debido a que el reciente triunfo del PRI (ese “limbo pragmático sujeto a inventario”, en palabras de Héctor Aguilar Camín), en las elecciones a la presidencia, es visto con temor por algunos, y con perezosa ironía por otros.

Por décadas México tuvo un modelo que Mario Vargas Llosa denominó la “dictadura perfecta.” Había elecciones, claro, las cuales ganaba siempre el PRI, como correspondía. La elección que más contaba, la del presidente, era un mero hecho formal, la ratificación de una práctica implacable: el presidente de turno escogía a su sucesor.

Durante los más de setenta años de gobierno del PRI, llamar urnas a las cajas donde se depositaba el voto no era una simple metáfora. Era la realidad. En ellas se enterraba toda posibilidad de decisión popular autónoma.

Vieja franquicia, verdadero prototipo de partido populista, casi no hay una trampa, ventajismo, o hecho electoral irregular, que no haya sido inventado o mejorado por los priístas. Fronteras para afuera supuestamente socialdemócratas, por años México y su partido-único-en-el-poder fueron La Meca para sus partidos hermanos, como es el caso de nuestro Acción Democrática criollo. No se envidiaban, por cierto, elaboraciones ideológicas, innovaciones en materia de políticas públicas, o la capacidad de crear liderazgos apegados al fortalecimiento institucional. Se admiraba, sobre todo, el desarrollo sostenido de la maquinaria perfecta para mantenerse en el poder, un verdadero partido-corporación, donde todo confluía, donde todo se resolvía.

 Aggiornarse, renovarse, implica compromisos profundos en materia de desarrollo de las instituciones; significa una ruptura cabal con las viejas prácticas clientelares, y su otra cara de la moneda, el impulso y la vocación caudillistas. Juntos, caudillismo y clientelismo, alimentan ese virus que periódicamente infecta nuestras democracias: el populismo.

 Diera la impresión inicial de que, más allá de gastadas palabras como “hemos aprendido la lección”, y demás invocaciones y jaculatorias del ritual de siempre, el PRI apostó a esa fórmula que pocas veces falla para aparentar cambios del tipo que más le gustan a algunos políticos, los cambios gatopardianos. Con palabras del gran Yordano: “Otra cara bonita.” Como mostrara durante su desafortunada presencia en la Feria del Libro de Guadalajara, no pareciera haber mucho contenido en el continente de movie-star, o más bien, ya que estamos hablando de México, de galán de telenovelas, del nuevo presidente Enrique Peña Nieto.

No es pequeño el reto que tiene el PRI y su President-Superstar. No debe olvidarse que el PRI ganó a pesar de sí mismo, de su historia pasada. ¿Darán paso los viejos apetitos a nociones novedosas de servicio al bien común? Un factor que ha reconocido Peña Nieto fue la contribución a su triunfo de movimientos pluralistas como la Concertación por México.

Un hecho fundamental merece mencionarse: este México de nuestros quereres no es el de hace cuarenta, o cincuenta años. Un cambio fundamental se ha realizado: ha habido un claro desarrollo institucional, tanto en la sociedad política como en la sociedad civil.

Fruto de dichos logros fueron las dos victorias de un PAN al que hoy le toca renovarse, repensarse, luego de dos gobiernos con sus altas y bajas evidentes. La buena fortuna, nos dice Maquiavelo, se presenta a aquellos que saben enmendar sus procederes.

Propongo que seamos optimistas. Poco a poco, la sociedad mexicana se ha acostumbrado a los necesarios contrapesos, a las opiniones plurales, al desarrollo de una esfera civil que no está dispuesta a bajar su capacidad de crítica y que aspira a nuevas conciliaciones, en lugar de conflictos perpetuos.

Hay una excepción, claro. ¿Su nombre? El inefable Andrés Manuel López Obrador, o AMLO.

 

ANDRÉS CHARRASQUEADO

En México se da un caso paradójico: hay una gran tradición de intelectualidad de izquierda, pero los partidos de ese sector ideológico han casi siempre padecido una clara orfandad en materia de ideas.

Incluso el PRD, partido escindido del PRI, y que reclama las banderas principales de la izquierda política, no tiene una brújula clara. AMLO, por ejemplo, no deja de mostrar tendencias caudillistas y populistas que lo acercan peligrosamente al golpista Chávez Frías. Habrá que esperar por nuevos liderazgos, que quizá podrían significar un verdadero cambio hacia el canon democrático y hacia una izquierda en verdad socialdemócrata.

Como en otras partes del mundo, la historia de la izquierda mexicana es en buena medida la historia de sus divisiones. En todas nuestras comarcas, la izquierda se ha caracterizado más por su capacidad de destrucción que de creación. Como también dice Aguilar Camín: “Difícilmente habrá una corriente de pensamiento de raíces tan nobles, árboles tan torcidos y frutos tan amargos.” La vocación opositora la lleva en el alma, alimentada por una inmensa capacidad de negación de la realidad. En el caso del México de hoy, AMLO se ha convertido no sólo en un factor perturbador dentro las filas de su partido sino dentro de toda la izquierda mexicana y del sistema político general.

Peña Nieto debe entender que el fervor ante la victoria es comprensible, pero por favor, sin amnesia histórica. Los avances reales se darán cuando la política sea sopesada por su calidad institucional, y no por las acciones de unos liderazgos que quieran llevarse todo el protagonismo. En ello radica uno de los retos más importantes de una sociedad que, por lo demás, tiene mucho por lo cual enorgullecerse, gracias a lo tanto que ha dado a la historia y a la cultura de la humanidad, y gracias a la gran mayoría de sus gentes, siempre tan queridas y tan queribles.

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