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Injusticia infinita
Luz Mely Reyes
07 JULIO 2001 Ver más artículos publicados  Volver
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A riesgo de ser repetitivos, y con toda la intención de serlo, las líneas de hoy no tienen otro tema sino la guerra. Quién sabe si la cercanía con México del ex gobernador de Texas y ahora presidente de la nación más poderosa del mundo, haya influido para convertirlo en la versión anglo de Jalisco, que nunca pierde y cuando pierde arrebata.

Ciertamente los atentados del 11 de septiembre hirieron- ojalá que no de muerte- un sistema de valores. Aunque algunos quieran negarlo, la sociedad estadounidense destaca por su apertura y tolerancia. No puede ser de otra manera en una nación que se hizo de inmigrantes y que rinde tributo a quienes dejaron familia, amigos y amores por ir tras la América. Es obvio que una tierra fértil, un sistema de libertades y una economía avanzada seducen fácilmente.

En cualquier parte de Estados Unidos usted puede encontrar uno de los 35 millones de hispanos que viven en aquel país. Si no es ducho en la materia confundirá turcos, marroquíes, árabes, palestinos, musulmanes, libaneses, al igual que a chinos con japoneses, coreanos, camboyanos, a surafricanos con nigerianos, kenianos, tanzanos. Es lo normal allá. Con sus pro y contra aquella sociedad se configuró multiétnica y pluralista.

Sin más temores que a sus propios fantasmas: serial killers, fanáticos de sectas religiosas, conductores borrachos, adolescentes descarriados, policías a la espera de una multa, ejecutivos enloquecidos por el estrés, entre otros, la vida común del ciudadano estadounidense era eso, común y corriente.

Desde el 11 de septiembre la situación cambió. Os Ama que Os Odia fundamentalísticamente fue aterradoramente certero al afirmar que nadie volvería a estar tranquilo. Perdimos todos. Hasta los turcos que marchantes distribuyen mercancía por los barrios venezolanos son vistos con sospechas, ni hablar de los sobres con supuesto ántrax que se burlan impunemente de la ineficacia de Ipostel.

La intolerancia, el odio, la violencia nos penetran sin mucha resistencia. Queremos ignorarlos, pero la perdimos. De nada vale que maten a los talibanes, que se arrase con una nación ya depauperada, que como héroes épicos se bañe de sangre la tierra para vengar la afrenta. La locura que estamos presenciando es una injusticia infinita con la humanidad y ésa pelea la ganaron ellos.

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