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El choque de las ignorancias
Edward W. Said *
07 JULIO 2001 Ver más artículos publicados  Volver
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En el número de Foreign Affairs aparecido en la primavera de 1993, se publicó un artículo de Samuel Huntington con el título de "The Clash of Civilizations?" (¿El choque de las civilizaciones?) y de inmediato atrajo atención y múltiples reacciones. Puesto que el artículo pretendía compartir con los estadunidenses una tesis original en torno a "la nueva fase" de la política mundial después de la guerra fría, los términos de la argumentación de Huntington parecían amplios, audaces, incluso visionarios. En la mira tenía a sus rivales -las filas de planificadores de políticas públicas, los teóricos como Francis Fukuyama y sus teorías del fin del la historia, pero también las legiones que celebraban el advenimiento del globalismo, el tribalismo y el desvanecimiento del Estado. Pero ellos, concedía, habían entendido algunos aspectos de este nuevo periodo. Huntington estaba por anunciar el "aspecto crucial, de hecho central" de lo que "debía ser una política global en los años venideros". Sin dudarlo enfatizó:

"Es mi hipótesis que la fuente fundamental de conflicto en este nuevo mundo no será primordialmente ideológica ni económica. Las grandes divergencias entre la humanidad y la fuente dominante de conflicto serán culturales. Las naciones-Estado continuarán siendo poderosos actores de los asuntos mundiales, pero los conflictos principales de política global ocurrirán entre las naciones y grupos de diferentes civilizaciones. El choque de las civilizaciones dominará la política mundial. Las líneas de quiebre entre las civilizaciones serán los frentes de batalla del futuro (p. 22)."

La mayor parte de los argumentos volcados en las subsecuentes páginas de su texto se apoyaban en la vaga noción de algo que Huntington denominaba "la identidad de la civilización", y "las interacciones entre siete u ocho [sic] civilizaciones principales". De éstas, el conflicto entre dos de ellas, Islam y Occidente, recibía la tajada del león de sus atenciones. Sumergido en esta beligerante forma de pensamiento, se apoyaba centralmente en un artículo, aparecido en 1990, del veterano orientalista Bernard Lewis, cuyos colores ideológicos son manifiestos desde el título: "Las raíces de la rabia musulmana". En su texto y en el de Lewis se impulsaba con temeridad la personificación de entidades enormes en términos de "el Occidente" y "el Islam", como si asuntos tan complicados como la identidad y la cultura existieran en un mundo de caricatura donde Popeye y Bluto se vapulean sin misericordia, y donde el pugilista más experto siempre le gana la mano a su adversario. Ciertamente, ni Huntington ni Lewis invierten mucho tiempo en la dinámica o la pluralidad internas de toda civilización, ni en el hecho de que el reto principal de casi todas las culturas modernas estribe en la definición o interpretación de cada cultura; tampoco en la posibilidad, poco atractiva para ellos, de que haya mucha demagogia e ignorancia ramplona en la presunción de hablar por toda una civilización o una religión. No, el Occidente es el Occidente y el Islam es el Islam. El reto de los planificadores occidentales de políticas públicas, dice Huntington, es asegurarse de que Occidente se haga más fuerte y mantenga a raya a todos los otros, en particular al Islam.

Preocupa más que Huntington suponga que su perspectiva -esa de revisar el mundo desde una percha que esté por encima de los apegos ordinarios y las lealtades ocultas- es la correcta, como si todos los demás anduvieran por las ramas buscando respuestas que él ya encontró. De hecho, Huntington es un ideólogo, alguien que quiere convertir a "las civilizaciones" y "las identidades" en algo que no son: entidades cerradas, selladas, que se purgaron de las miriadas de corrientes y contracorrientes que animan la historia humana, aquellas que por muchos siglos han hecho posible que la historia no sea sólo una de guerras religiosas o de conquista imperial, sino también una de intercambio, fertilización mutua y confianza compartida. Esta historia invisible es ignorada en la premura de resaltar la guerra, constreñida y comprimida ridículamente, que en "El choque de las civilizaciones" se argumenta como realidad. Cuando en 1996 publicó su libro, con el mismo título, intentó conferirle a sus argumentos algo más de sutileza, y lo llenó con muchas, muchas notas a pie de página; por desgracia, lo único que logró fue confundirse, demostrar lo torpe que era como escritor y lo poco elegante que era como pensador. El paradigma básico de Occidente contra el resto (reformulando la oposición propia de una guerra fría) se mantuvo incólume y aparece, a veces con insidia, a veces implícito, en la discusión que siguió a los terribles sucesos del 11 de septiembre.

El ataque suicida, patológicamente motivado, horrendo asesinato de masas cuidadosamente planeado por un grupo de militantes perturbados, se ha convertido en confirmación de las tesis de Huntington. En vez de tomarlo como es -la "gran idea" [uso el término sueltamente] de una bandita de fanáticos enloquecidos con propósitos criminales-, las grandes luminarias (de Benazir Bhutto, ex primera ministra paquistaní, al primer ministro italiano Silvio Berlusconi) han pontificado en torno a los problemas del Islam y, en el caso de Berlusconi, han usado a Huntington para despotricar afirmando la superioridad de Occidente -cómo "nosotros" tenemos a Mozart y Miguel Angel y ellos no. (Días después se disculpó a medias por insultar al "Islam").

Pero, ¿por qué no se han buscado paralelismos, seguramente menos espectaculares en su destructividad, entre Osama Bin Laden y sus seguidores, y cultos como la rama de los davidianos o los discípulos del reverendo Jones en Guyana o el Aun japonés? [llenen por favor cualquier detalle faltante]. Incluso el semanario británico The Economist, normalmente sobrio, en su número de septiembre 22-28, no puede resistirse a la vasta generalización y ensalza a Huntington, de forma bastante extravagante, por sus "crueles y arrasadoras, y no obstante agudas" observaciones acerca del Islam. "Hoy", afirma el semanario con solemnidad impropia, Huntington escribe que "los miles de millones de musulmanes en el mundo están convencidos de la superioridad de su cultura, y se obsesionan por la inferioridad de su poder". ¿Habrá encuestado a 100 indonesios, 200 marroquíes, 500 egipcios y 50 bosnios? Aunque así fuera, ¿qué clase de muestra es esa?

Son incontables los editoriales en los diarios y revistas de América y Europa que le añaden a este vocabulario de gigantismo y apocalipsis; no son editoriales diseñados para edificar al lector, sino para inflamarlo con pasión indignada como miembro de "Occidente" y decirle lo que hay que hacer. Surgen los combatientes autodesignados, particularmente en Estados Unidos, que con retórica al estilo Churchill proclaman una guerra contra quienes los odian, los destruyen y los despojan, mientras conceden escasa atención a las complejas historias que desafían tal reduccionismo y que se cuelan de un territorio a otro, en un proceso que sobrepasa todas las fronteras -aquellas que supuestamente nos separan en campos armados.

Este es el problema con etiquetas tan poco constructivas como Islam u Occidente: nos dan pistas falsas y nos oscurecen el pensamiento cuando intentamos hallar sentido en una realidad desordenada que no podemos encasillar ni amarrar así nomás. Recuerdo haber sido interrumpido por un hombre que se levantó entre el público de una conferencia que impartí en la West Bank University, en 1994, y que comenzó a atacar mis ideas por "occidentales", tan contrarias a las estrictamente islámicas que él profesaba. "Por qué usa usted saco y corbata", fue la primera réplica simplista que se le ocurrió, "eso también es occidental". Se sentó después con una sonrisa apenada en el rostro, pero recordé este incidente cuando comenzó a fluir información de cómo se las habían ingeniado los terroristas del 11 de septiembre para obtener los detalles técnicos requeridos para perpetrar los homicidios en el World Trade Center y el Pentágono, y para maniobrar los aviones que usaron. ¿Dónde traza uno la línea entre la tecnología "occidental" y, como declarara Berlusconi, "la incapacidad islámica para ser parte de la modernidad"?

No se puede, por supuesto, pero finalmente me quejo de lo inadecuadas que son las etiquetas, las generalizaciones, las aseveraciones culturales. A cierto nivel, las pasiones primitivas y el know-how sofisticado convergen para darle visos de realidad a una frontera fortificada ya no sólo entre "Occidente" e "Islam" sino entre pasado y presente, entre ellos y nosotros, por no hablar de los propios conceptos de identidad y nacionalidad en torno a los cuales existe un desacuerdo y un debate interminables. La decisión unilateral que nos lanzó a trazar rayas en la arena, emprender cruzadas, oponer el mal con nuestro bien, extirpar el terrorismo y -como dice Paul Wolfowitz con su vocabulario nihilista- finiquitar las naciones por completo, no facilita la lectura de esas supuestas entidades. Nos dice en cambio que es mucho más fácil hacer declaraciones belicosas con el propósito de movilizar pasiones colectivas que reflexionar, examinar, analizar aquello con lo que lidiamos en realidad, la interconexión de innumerables vidas, las"nuestras" y las de "ellos".

En una serie de tres artículos notables -publicados entre enero y marzo de 1999 en Dawn, uno de los semanarios más respetados de Pakistán-, el fallecido Eqbal Ahmad, escribiendo para un público musulmán, analizó lo que denominaba las raíces de la derecha religiosa y se lanzó acremente contra las mutilaciones promovidas por tiranos absolutistas y fanáticos cuya obsesión por regular la conducta de las personas hace que "el orden islámico se reduzca a un código penal, despojado de su humanismo, su estética, sus búsquedas intelectuales y su devoción espiritual". Esto "entraña la afirmación absoluta de uno de los aspectos de la religión, generalmente descontextualizado, en contra de todos los otros. Un fenómeno que distorsiona la religión, rompe las bases de la tradición y sesga el proceso político donde quiera que se despliega". Como ejemplo pertinente de esta ruptura de las bases tradicionales, Ahmad presenta primero el rico y complejo significado pluralista del término jihad, y luego se centra en demostrar que en el confinamiento actual del término -guerra indiscriminada contra los supuestos enemigos-, es imposible "reconocer [...] la religión, la sociedad, la cultura o la política islámicas como las han vivido y experimentado por siglos los musulmanes". Los islamitas modernos, concluye Ahmad, están "preocupados por el poder, no por el alma; por movilizar al pueblo con propósitos políticos y no por compartir y aliviar sus sufrimientos y aspiraciones. El suyo es un programa muy limitado y constreñido en tiempo". Lo que agrava la situación es que en los universos del discurso "judío" y "cristiano" hay un celo y una distorsión semejantes.

Fue Conrad, con más fuerza que cualquiera de sus lectores de finales del siglo xix, quien imaginó, quien entendió que las distinciones entre el Londres civilizado y "el corazón de las tinieblas" se colapsaban muy rápido en situaciones extremas, y que las alturas de la civilización europea podían revertirse instantáneamente a prácticas bárbaras, sin preparación o transición. Fue también Conrad, en El agente secreto, publicado en 1907, quien describió la final degradación moral del terrorista y la propensión del terrorismo hacia abstracciones como "la ciencia pura" (y por extensión hacia el "Islam" o el "Occidente").

Porque hay ligas, mucho más cercanas de lo que supondríamos, entre civilizaciones aparentemente enfrentadas y, como lo han mostrado tanto Freud como Nietzsche, el tráfico entre fronteras cuidadosamente mantenidas, incluso vigiladas, es con frecuencia bastante fácil. Pero resulta entonces que tales ideas fluidas, plenas de ambigüedad y escepticismo, en torno a nociones a las que nos aferramos, no nos proporcionan una guía práctica y pertinente para situaciones a las que ahora nos enfrentamos, y resurgen los bandos tranquilizadores de lucha (una cruzada, el bien contra el mal, la libertad contra el miedo, etcétera) extraídos de la oposición entre Islam y Occidente, al modo de Huntington, de la que el discurso oficial sacó su vocabulario en los primeros días después del 11 de sptiembre. Desde entonces, ese discurso se ha morigerado notablemente, pero a juzgar por el flujo constante de acciones y palabras de odio dirigidas contra los árabes, los musulmanes y los indis de todo el país -más los reportes de los esfuerzos por hacer cumplir la ley-, se mantiene el paradigma.

Una razón adicional para su persistencia es la perturbadora presencia de musulmanes por toda Europa y Estados Unidos. Piensen en las poblaciones de Francia, Italia, España, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos, incluso Suecia, y estarán de acuerdo en que el Islam ya no está en los bordes de Occidente, sino en el centro. ¿Pero por qué amenaza tanto su presencia? Sepultada en la cultura colectiva está la memoria de las primeras grandes conquistas del Islam árabe, iniciadas en el siglo vii, que -como anotó el célebre historiador belga Henri Pirenne en su crucial libro Mohammed et Charlemagne, aparecido en 1939-, hizo añicos de una vez por todas y para siempre la antigua unidad del Mediterráneo, destruyó la síntesis cristiano-romana y dio paso a una nueva civilización dominada por los poderes del norte (Alemania y la Francia carolingia), cuya misión, parece decirnos, fue reanimar la defensa de "Occidente" contra sus enemigos histórico-culturales. Lo que Pirenne deja fuera, caray, es que, para crear esta nueva línea de defensa, Occidente recurrió al humanismo, la ciencia, la filosofía, la sociología y la historiografía del Islam, que ya se habían interpuesto entre el mundo de Carlomagno y la antigüedad clásica. Islam está dentro desde el principio, como lo reconoció Dante, gran enemigo de Mahoma, al poner al Profeta en el corazón de su Infierno.

Está también el persistente legado del monoteísmo mismo, las religiones abrahámicas, como lo ha puesto correctamente Louis Massignon. Empezando por el judaísmo y la cristiandad, cada uno es un sucesor perseguido por el fantasma de lo que vino antes: para los musulmanes Islam satisface y culmina la línea de una profecía.

No existe aún una historia decente o una desmistificación de la contienda de tantos ángulos en la que se hallan estos tres seguidores -ninguno de los cuales implica un campo unificado o monolítico- del más celoso de todos los dioses, pese a que su sangrienta convergencia moderna en Palestina nos proporcione un rico ejemplo secular de todo lo que permanece irreconciliable entre ellos. No sorprende entonces que musulmanes y cristianos hablen con demasiada facilidad de cruzadas o jihads, pasando por alto, ambos, la presencia judaica; a veces con sublime indiferencia. Tales planes, dice Eqbal Ahmad, son "muy tranquilizadores para los hombres y mujeres que se hallan varados enmedio [...] entre las aguas profundas de la tradición y la modernidad".

Pero todos nadamos esas aguas, por igual occidentales y musulmanes. Y ya que las aguas son parte del océano de la historia, es fútil tratar de ararlas o de levantar barreras entre ellas. Estos son tiempos de tensión, pero es mejor pensarlos en términos de comunidades con poder o sin él, en términos de la política secular de razón e ignorancia, y de principios universales de justicia o injusticia, que vagar en busca de vastas abstracciones que nos pueden brindar satisfacción momentánea pero muy poco autoconocimiento y análisis informado. La tesis de "el choque de las civilizaciones" es un señuelo como "la guerra de los mundos", más para reforzar el orgullo autodefensivo que para entender de manera crítica la enloquecedora interdependencia de nuestros tiempos.

* Intelectual palestino y académico de la Universidad de Columbia

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