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Armagedón
Fernando Savater
07 JULIO 2001 Ver más artículos publicados  Volver
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Como �ltimamente hemos asistido con frecuencia en las pantallas a la destrucci�n de Manhattan (por monstruos antidiluvianos, por olas gigantes, por naves marcianas, etc�tera...), las im�genes terriblemente ins�litas del pasado martes ten�an parad�jicamente algo de d�j�-vu. Los antiguos cre�an que los sue�os profetizaban los acontecimientos venideros; ahora esa funci�n la cumplen las pel�culas, esos sue�os compartidos por tanta gente (sobre todo si se trata de pel�culas estadounidenses). Mucho se ha reprochado al cine yanki la man�a de inventarse superenemigos fant�sticos y cat�strofes en ciernes para prolongar el clima hirsuto de la guerra fr�a, provisionalmente cancelada con la ca�da del muro de Berl�n. Quiz� ahora deban revisarse tales censuras y haya de reconocerse que "sea por paranoia o por oscuro complejo de culpa", los guionistas sintonizaban mejor con las posibilidades del presente que sus displicentes cr�ticos. En un aspecto, sin embargo, los vaticinios cinematogr�ficos es casi seguro que difieran de la realidad: seg�n acrisolada convenci�n comercial, en las pel�culas los malvados encuentran su castigo y las cat�strofes obtienen consuelo en edificantes ma�anas de hermandad, pero me atrever�a a apostar a que el drama cuyo comienzo acabamos de ver va a tener un desenlace mucho menos satisfactorio.

Ante el horror de lo que escapa a todo control, ante la irrupci�n de lo que apenas comprendemos y no podemos reparar, los humanos parloteamos an�lisis y dicterios como los ni�os silban en la oscuridad para espantar su miedo. Un�monos al coro desconcertado. Hace unos a�os, Hans Magnus Enzensberger escribi� en Perspectivas de guerra civil que los conflictos b�licos van siendo cada vez menos entre Estados y m�s entre tribus o bandas dentro del Megaestado global en el que ya vivimos. Porque ese es el verdadero intr�ngulis de la cacareada globalizaci�n: que hoy padecemos ya una sociedad planetariamente estatuida, un Estado mundial en el que faltan, sin embargo, leyes comunes, controles internacionales, tribunales a los que recurrir contra los abusos, garant�as y derechos reconocidos a todos, protecci�n social, instituciones democr�ticas de alcance similar a las ambiciones econ�micas de los grupos multinacionales. El Estado de bienestar no es un error que debe ser descartado para agilizar la especulaci�n burs�til y la maximizaci�n de beneficios, sino un proyecto que tendr�a que aspirar a su verdadera escala planetaria para salvar lo mejor de una civilizaci�n humanista. Y ello, precisamente, no en nombre de la ret�rica Utop�a, sino de un verdadero realismo pol�tico. Porque no es realista suponer que nadie podr� vivir realmente seguro en un mundo en el que la codicia no tiene fronteras pero la justicia las encuentra a cada paso.

Como no creo en la pedagog�a sanguinaria, dudo mucho que de la lecci�n espeluznante del otro d�a vayan a sacarse conclusiones provechosas. Despu�s de todo, los que han sembrado el terror en Estados Unidos no representan una alternativa positiva al sistema ca�tico en el que vivimos, sino s�lo la expresi�n de los males que favorece. Las ONGs est�n de moda y por tanto debemos resignarnos a que junto a las humanitarias florezcan otras inhumanas: el terrorismo patrocinado por un millonario fan�tico es tambi�n un triunfo siniestro de la sacrosanta iniciativa privada, para la que ya nadie se atreve a proponer la alternativa cre�ble de algo defendido en com�n. En cambio, deberemos seguir escuchando a los majaderos para quienes despotricar contra todo por igual "contra la esclavitud y contra quienes la abolieron, contra la libertad que establece leyes en defensa de valores universalizables y contra quienes la reducen al capricho intransigente de unos cuantos, contra la fuerza utilizada para deponer a tiranos y contra la ejercida por aut�cratas demag�gicos, etc�tera" se ha convertido en un c�modo negocio.

No se trata de creer a ciegas en las grandes palabras, que a veces s�lo son m�scaras de los peores intereses, sino de evaluar y preferir, para que tantos siglos de razonamiento humano no hayan transcurrido totalmente en vano: recordando el dictamen de Isaiah Berlin, seg�n el cual la diferencia entre una persona civilizada y un b�rbaro es que el civilizado es capaz de luchar por cosas en las que no cree del todo.

Que abundan los funcionarios in�tiles o mangoneadores es cosa sabida: por ello parece apropiado hoy saludar con respeto a esos bomberos y polic�as, humildes servidores de la sociedad organizada, que han muerto salvando vidas y tratando de rescatar no s�lo a sus semejantes, sino tambi�n la dignidad compartida.

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