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Humberto García Larralde
2020: La maldad no podrá triunfar
Humberto García Larralde
06 ENERO 2020 Ver más artículos publicados  Volver
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2020: La maldad no podrá triunfar

El cierre de 2019 nos abofetea con la cruel constatación de que Maduro y su claque militar continúan ahí, usurpando el poder. Quienes quebraron a PdVSA; encogieron la economía a menos de la mitad; destruyeron los servicios públicos; condenaron a miles a muertes prematuras por falta de comida y/o de medicamentos; reprimieron brutalmente a protestas masivas que año tras año se movilizaban en su contra; aventaron a millones a un exilio forzoso; y mostraron su absoluta insensibilidad ante las penurias de la gente, siguen al frente del estado. Conforman un régimen represivo y torturador como no se veía desde J.V. Gómez, repudiado por los países más importantes del mundo occidental. La situación es tanto más bizarra por las notorias limitaciones que exhibe quien aparece a la cabeza.

www.topclonewatch.me En los años ’40 del siglo pasado el fascismo destruyó a sus propios países incursionando en terribles aventuras bélicas contra otras naciones. La Venezuela de Maduro desató la guerra interna contra su propia población. Sin legitimidad política, moral, social e histórica, no tiene razón de ser. Su insólita permanencia obliga, por tanto, a ir más allá de los análisis convencionales para entender su naturaleza, sus fortalezas y debilidades, y la manera de enviarlo, como merece, al basurero de la historia.

Razones de una abominación

Estamos frente a una dictadura militar que ha secuestrado el juego político. Pero no es una dictadura militar cualquiera. Más específicamente, es una dictadura de oficiales corruptos, pues la institución militar --la Fuerza Armada Nacional-- se encuentra entre las víctimas del destrozo: dejó de existir como tal. Su descomposición dejó una autocracia castrense dedicada a expoliar la riqueza social. Hoy corona un Estado Patrimonialista . Pero a diferencia del patrimonialismo clásico --que no implicaba quiebre institucional, pues respondía a la voluntad del propio soberano--, bajo el chavismo conllevó una ruptura ex profeso con el Estado de Derecho. Consustanciado con prácticas ilícitas posibilitadas por el uso arbitrario de la fuerza o por la amenaza de ella, y por la complicidad desvergonzada de quienes fungen de magistrados de un tsj abyecto, ha devenido en un estado mafioso. ¿Cómo pudo ocurrir?

Amparado en una prédica populista que supo llegarle al corazón de muchos venezolanos, Chávez fue sustituyendo el orden constitucional por una estructura de poder político-económico que determinaría a discreción quién y cómo debía usufructuarse la riqueza social. Con mitos patrioteros y comunistas, buscó legitimar la apropiación del Estado por él y por su camarilla cívico-militar, en nombre de un “socialismo del siglo XXI”. Carente de carisma y de la auctoritas de su mentor y habiendo perdido buena parte de su base civil, Maduro optó por entregarle las riquezas del país al control directo de cúpulas militares corruptas aliadas con intereses foráneos –Cuba, Rusia y China—y con bandas criminales (ELN y las FARC cimarronas) para asegurar, con su apoyo, que no sería depuesto. Ascendió a los oficiales leales –hoy existen unos 2.000 generales, más que en el ejército de los EE.UU.—y puso al frente de la contrainteligencia militar a esbirros cubanos para amedrentar y castigar a quienes no lo fueran.

Pero la complicidad e impunidad de un estado mafioso en manos de oficiales corrompidos no es suficiente para explicar el absurdo de que alguien como Maduro siga todavía mandando. El fascismo se refugia en un imaginario construido con base en simbolismos maniqueos para desconectar a los suyos de la realidad. Parte central de ello es inventar un enemigo externo que, con complicidad interna, es culpable de todos los males que afectan a la nación. En una grotesca inversión, la oligarquía militar “legitima” su opresión de los venezolanos alegando propósitos “revolucionarios y antiimperialistas”, y proyectándose como campeona de los pobres (¡!). Con este manto, se arroga una supuesta supremacía moral, extraída de la mitología comunista, que la blinda contra toda increpación por su violación de derechos humanos y por sus corruptelas. A través de un habilidoso juego de espejos, le devuelve a cierto “progresismo” mundial, anacrónico y primitivo, la imagen que éste desea ver --socialistas del siglo XXI, defensores de un Pueblo (con mayúscula) asediados por el Imperio— para acallar críticas y fomentar solidaridades automáticas que alcahuetean sus atropellos.

Pero este juego de espejos también se le revierte a la mafia militar, impidiéndole discernir la realidad. Tal impostura les obnubila todo referente moral con el cual confrontarlos con la perversidad de sus acciones. Su crueldad y maldad para con sus compatriotas aparece así justificada. Su sufrimiento no perturba sus conciencias: le importa un bledo. Son inventos de la “derecha”, enemiga de la “revolución”. Su reiterada mendacidad anula toda culpa para con la terrible tragedia que ha urdido sobre los venezolanos. Los criterios de verdad del fascismo y de lo que es correcto e incorrecto se derivan de su funcionalidad para con el constructo ideológico que lo ampara: las mentiras no son tales si contribuyen a consolidar su poder. No hay freno moral, ético, ni mucho menos legal o humanitario, para continuar con sus desmanes ni para justificar un cambio de política. Son “revolucionarios” que la Historia (nuevamente con mayúscula) absolverá. Se llega al colmo de convencerse de que su vida opulenta y de privilegios es merecida, dados sus abnegados servicios a favor de la “revolución”.

Lo anterior invalida, a mi entender, la estrategia de comprometer a esta oligarquía en una negociación, asumiendo intereses básicos del pueblo comúnmente reconocidos en torno a los cuales labrar acuerdos para, a partir de ahí, reconquistar poco a poco áreas de libertad y de institucionalidad. El fascismo vive una Venezuela de ficción, donde todo funciona como el Cuento de Hadas revolucionario en el que desea ser retratado. Posee la razón de la Historia, por lo que no ve sentido alguno en concertar nada con la disidencia. Maduro denuncia ante la Convención sobre Cambio Climático de Madrid la desertificación del “modelo retrógrado capitalista”, mientras bandas criminales, aliadas con militares, arrasan con zonas del Parque Nacional Canaima para saquear sus riquezas minerales. Asimismo, el Padrino de las mafias militares reclama (justificadamente) el uso de armas de fuego contra manifestantes en Bolivia, pero avala su uso contra sus propios compatriotas, con centenares de asesinados en protestas durante los últimos años. En igual tónica, Maduro ordena entregar 13.000 fusiles a su milicia, dizque para proteger las empresas básicas que sus compinches (mayormente militares) han saqueado hasta dejarlas exangües. Sepultada bajo el discurso patriotero y “revolucionario” se esconden todo tipo de latrocinios, torturas, razzias de exterminio (FAES), muertes y demás vejámenes a la población. Disfrazarse de “izquierdas” sigue siendo un valioso baluarte para lograr que sus crímenes sean absueltos.

Una metamorfosis de sobrevivencia

Pero al igual que el alacrán de la fábula que emponzoñó a la rana que lo llevaba cargado al otro lado del río, está en la naturaleza parasitaria de la mafia depredar la economía hasta acabar con ella. Ante una producción encogida, un bolívar que carece de todo valor y una PdVSA quebrada, se esfuman las oportunidades de lucro desmedido que antes florecían. Ahora que las sanciones internacionales vetan el uso de los circuitos financieros del dólar, se ha visto obligada a buscar nuevas formas de usufructuar sus dineros mal habidos. Como resultado, ha escindido a la economía en dos circuitos: uno que se reserva para sí, basado en el saqueo de lo que queda del negocio petrolero y del oro, el coltán y otras riquezas minerales, y el otro, de intercambio entre privados, realizado crecientemente en dólares, para lo cual se han aflojado los controles de cambio y de precios, de buena parte de las trabas a la importación y de las transacciones en divisas.

El gobierno sigue financiándose, además, con emisión monetaria para cubrir sus erogaciones, pues no tiene acceso a financiamiento internacional y sus bases impositivas –PdVSA y la economía doméstica—están muy mermadas. Al haberse multiplicado la masa monetaria por más de 50 durante el año impulsó los precios al alza, incluido el del dólar, que hoy vale 65 veces más que al comienzo. Pero las divisas de la exportación petrolera y de los minerales de Guayana no acuden a estabilizar su precio, pues son de usufructo discrecional exclusivo de la oligarquía militar - civil. Provienen sólo de las remesas que envían los millones de emigrados, exportaciones no tradicionales incipientes y, sin duda, del lavado de dinero sucio. Quienes no tienen acceso al billete verde sufren los rigores de la hiperinflación, que cerrará en torno a 8.000 %. Deben apañárselas con los CLAPs, en un marco de inseguridad y destrozo de servicios y de infraestructura, que hace muy cuesta arriba su sobrevivencia. La dádiva “revolucionaria” se amplía ahora con una orden de compra emitida para ser usada en determinadas tiendas –el Petro—que abrirá nuevas oportunidades para manejos turbios por parte de quienes controlan este circuito. ¡Y Maduro tiene el cinismo de declarar que 2019 fue un año de estabilidad!

En fin, las sanciones han obligado a la mafia a reinventarse, atrincherándose en la expoliación de los recursos minerales en complicidad con algunos agentes externos (rusos, ELN), y abriendo espacios de mercado para lavar los dineros sucios que ya no pueden procesar a través de los circuitos financieros convencionales. Puede mantenerse indefinidamente con este arreglo, pero no porque haya “triunfado”. Se trata de una situación de equilibrio frágil, favorecida por los errores de la dirigencia opositora, el reflujo de las movilizaciones y la ocupación de la comunidad democrática internacional en otros asuntos. Pero la economía seguirá encogiéndose como durante 2019, que se redujo en torno al 10 %.

La lucha por la Asamblea Nacional

La mafia no está en una posición de su agrado, razón por la cual ha decidido pasar a la ofensiva. Pone a los leguleyos a sueldo que tiene en el tsj, comandados por el impresentable Jorge Rodríguez, para que violen la Constitución, despojando de su inmunidad a los parlamentarios opositores –ya son más de 30 en esta condición— a la vez que redobla esfuerzos por comprar a otros, buscando desesperadamente arrebatarles a las fuerzas democráticas el control de la Asamblea Nacional. Su intento de sepultarla con la idiotez del desacato y con la usurpación de sus funciones por una supuesta asamblea constituyente fraudulenta, sólo condujeron a exponer con mayor nitidez su vocación totalitaria, incitando las sanciones en su contra. Le han hecho daño y prueba de ello es que su anulación es condición previa ante cualquier negociación. En su desiderátum por quitarse de encima el estigma dictatorial y, con ello, lograr que le sean levantadas estas sanciones, la oligarquía militar – civil se atrevió al bochornoso exabrupto del domingo cinco, en un intento desesperado por desplazar el liderazgo de Guaidó y de las fuerzas democráticas. La batalla por la democracia ocurre, entonces, por la Asamblea Nacional. Y digo “batalla” porque el fascismo no concibe la política de otra forma que no sea una guerra. Ante el repudio masivo de la población, sabe que no será a través de elecciones transparentes con garantías como habrá de apoderarse de esta instancia tan emblemática de la voluntad popular. Su gran desafío, entonces, será aplicar sus trampas de manera que, en lo posible, no aparezcan como tales y confundan a la opinión internacional. En este afán, cuenta con las divisiones e inconsistencias de la dirección política democrática, amén de las complicidades con las que quiso salirse con la farsa del domingo 5.

Sin dejar de insistir ante la comunidad internacional sobre la necesidad de que se celebren cuanto antes unas elecciones presidenciales legítimas, debe quedar claro que nos jugamos la vida con las de la Asamblea Nacional en 2020. No es redundante instar, a pesar de tanto repetirlo, en que las fuerzas democráticas trasciendan sus visiones e intereses de grupo y aúnen esfuerzos para que el fascismo no se salga con las suyas. El acuerdo por reelegir a Juán Guaidó como presidente del cuerpo es un paso en la dirección correcta. Además de denunciar el atropello a la representación democrática y derrotar la tramposa maniobra del chavismo, estemos alerta ahora ante los intentos de tergiversar una vez más el nombramiento de un nuevo CNE por la vía expedita del tsj. Exijamos abiertamente unas elecciones con todas las garantías y con presencia de observadores internacionales. Denunciemos contundentemente las tentativas del fascismo por torcer el proceso a su favor. Es decir, debe hacerse lo posible para que la amenaza de nuevas sanciones a estos criminales, aún más severas, se conviertan en realidad de no cumplirse con estas exigencias. Esto implica jugar cuadro cerrado con nuestros aliados internacionales, pero, sobre todo, activar el respaldo mayoritario de una población hastiada de los abusos y comprometida con un proyecto de país democrático, libertario y justo. Como parte de esta conducción, es menester un amplio proceso de consultas a fin de que las fuerzas democráticas acudan de manera unida a estos comicios.

Debe entenderse que la actual ofensiva fascista es señal de desesperación. Abandonar tradicionales cotos de caza vinculados a controles y al arbitraje de precios, junto al deterioro continuado del país que afecta a familiares, amigos y que aleja cada vez más el apoyo otrora incondicional de sus aliados, tiene que ser objeto de preocupación entre los integrantes de la oligarquía militar – civil. Es más que evidente, además, el extendido malestar entre los remanentes de la Fuerza Armada. Ello obliga a Maduro a depender de manera creciente de fuerzas paramilitares –FAES, guerrilla colombiana, milicias y colectivos— para reprimir y a colocarse claramente en el radar internacional como cabeza de un estado forajido. Es el Talón de Aquiles de un régimen que no vacila en perpetuar cualquier crimen para continuar despojando a los venezolanos. Con ello, invita a que se estreche aún más el cerco de sanciones en su contra y dificulta el apoyo de sus compinches de fechorías: Putin, Cuba, Erdogán y China.

La clave para un desenlace positivo en 2020 es una oposición fortalecida, unida bajo un mensaje claro, creíble y factible, capaz de conectarse con las ansias de cambio de los venezolanos. Entre éstos están los militares traicionados por la mafia enquistada en el mando, a quienes debe ofrecérseles una opción valedera para no seguir convalidando al régimen criminal de Maduro. Con el repudio y las sanciones en su contra de la comunidad internacional, la reactivación de las protestas y las presiones crecientes buscando ampliar la rendija abierta por la liberación incipiente de algunas actividades económicas, el régimen hace aguas. Afianzarse en la represión, los ilícitos y la trampa, no tiene futuro. Cada nueva trastada debe convertirse en un clavo adicional en su féretro.

En fin, si las fuerzas opositoras logramos superar nuestras desavenencias y presentamos un mensaje bien claro al país y a la comunidad internacional, la maldad no podrá triunfar. ¡Feliz Año, 2020!

 

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