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Miguel Angel Martinez Meucci
#EspañaElectoral: Pedro Sánchez y sus dilemas
Miguel Angel Martinez Meucci
29 SEPTIEMBRE 2019 Ver más artículos publicados  Volver
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#EspañaElectoral: Pedro Sánchez y sus dilemas

Como consecuencia de las decisiones recientemente tomadas por su clase política, España se verá obligada a realizar el próximo 10 de noviembre sus cuartas elecciones generales en los últimos cuatro años, y las segundas en el 2019.

El hecho, inédito en Europa, representa un exabrupto significativo para cualquier sistema político y contribuye a profundizar las dudas acerca de la capacidad de una nueva generación de políticos españoles para manejar los complejos retos que afronta la sociedad ibérica, especialmente ahora cuando las tensiones estructurales que se ciernen sobre los pactos de la transición parecen hacerse más y más complejas.

La responsabilidad principal recae, lógica pero no exclusivamente, en Pedro Sánchez como líder de la fuerza política más votada en los comicios de mayo pasado. En un sistema político que ha dejado de estar marcado por el bipartidismo de PSOE y PP tras la progresiva irrupción de Podemos, Ciudadanos y Vox, con el respaldo de 123 escaños en el congreso y tras varios años de inestabilidad política y económica, el momento parecía propicio para ceder en algunos objetivos particulares y construir consensos que permitieran dar nuevamente un rumbo claro a la nación española.

Lo anterior, no obstante, implicaba privilegiar alguna línea de acción más o menos definida entre las muchas que pretenden marcar la pauta en la España de hoy. La elección de los socios de gobierno dependería, obviamente, de dicha elección. Desde la óptica imperante, marcada por el clivaje tradicional izquierda-derecha, la preferencia inicial de Sánchez se orientó a explorar las posibilidades de acuerdo con Podemos y con algunas fuerzas nacionalistas en Cataluña y País Vasco. A ello contribuyeron también las negativas de Ciudadanos a formar gobierno con el PSOE.

La gente de Iglesias, sin embargo, se descolgó con exigencias que claramente hubieran comprometido la independencia y viabilidad de la administración socialista. Unidas Podemos (como se denomina ahora) pretendía, entre otras cosas, hacerse con el control de la política de empleo, circunstancia que en caso de haberse consumado (tal como por fortuna parece haber entendido Sánchez) hubiera dinamitado toda la credibilidad del PSOE para reactivar una economía necesitada de profundas reformas y a la que se le viene haciendo particularmente difícil recobrar el ritmo de crecimiento que mantuvo en otros tiempos. Adicionalmente, la ligereza con la que UP se dedica a cuestionar las bases constitucionales del Estado español y a firmar acuerdos con todo tipo de fuerzas centrífugas amenazaba con dar entrada a un caballo de Troya en la Moncloa. Jugar contra la monarquía parlamentaria y a favor de un referéndum catalán es, en definitiva, jugar a reproducir internamente la calamidad de un Brexit.

Lo que preocupa es la dificultad del joven socialista para trazar un rumbo claro con respecto a los problemas principales que atraviesa España.

Sin duda se trata de una situación compleja, pero precisamente por ello se requiere claridad ante la misma. La posición de Sánchez con respecto a la cuestión catalana, marcada por su aparente equidistancia entre las opciones separatistas y las que abordan el asunto desde la unidad de España, no luce demasiado factible desde el ejercicio del gobierno central y requiere materializarse en propuestas concretas que, hasta ahora, han brillado por su ausencia. Ante semejante panorama, y a última hora, Ciudadanos ofreció destrancar la situación mediante la propuesta de su abstención (siempre y cuando fuera acompañada por el PP) en la investidura de Sánchez si éste aceptaba 1) romper su acuerdo en Navarra con nacionalistas e izquierda, formando un ejecutivo de coalición con la plataforma Navarra Suma, 3) planificar la eventual aplicación del artículo 155 en Cataluña (sin indultos a los líderes del procés catalán en caso de ser éstos condenados por la justicia), y 3) no subir impuestos a los trabajadores autónomos. Para una parte del PSOE, una oferta potable; para el sanchismo, too little, too late.

Lo cierto es que al final Sánchez ha apostado por nuevas elecciones, con la esperanza de aumentar los escaños del PSOE en el congreso. El 10 de noviembre sabremos si el electorado lo favorece en este sentido. Pero más allá de esa posibilidad, lo que preocupa es la dificultad del joven socialista para trazar un rumbo claro con respecto a los problemas principales que atraviesa España.

En tal sentido, Sánchez debe decidir si se la juega por la unidad constitucional de España o si acepta ir cediendo paulatinamente ante la presión incremental de los separatistas, así como de las oposiciones desleales y semileales al sistema pactado en la transición. Asimismo, y a tono con los dilemas de la socialdemocracia de nuestro tiempo, debe decidir si apuesta por reformas al estado del bienestar similares a las que en su momento realizaron los suecos (ver el libro de Mauricio Rojas titulado “Suecia: el otro modelo”), o si sigue apostando a meras subidas de impuestos y del gasto público en una sociedad envejecida, con una productividad en vías de estancamiento y que ya no recibe las mismas ayudas de la Unión Europea.

La equidistancia puede ser factible y rentable para un político cuando forma parte de la oposición, pero una vez llegado a posiciones de gobierno es necesario que comience a liderar. Y liderar es comprometerse con una línea claramente definida, o al menos saber conciliar las posiciones marcadas por quienes se encuentran a ambos lados. Hasta ahora Sánchez no ha sabido hacer ni lo uno ni lo otro. No parece que unos escaños más (o menos) dentro de un par de meses puedan resolver esta cuestión de fondo.

Publicado originalmente en El Librero

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