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Carlos Castillo
#MexicoElectoral: la simulación democrática del PAN
Carlos Castillo
16 FEBRERO 2018 Ver más artículos publicados  Volver
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El pasado domingo 11 de febrero la militancia del Partido Acción Nacional decidió al que será su candidato a la Presidencia de la República: Ricardo Anaya Cortés.

Luego de un proceso interno que fue decantando aspirantes –algunos de los cuales dejaron la contienda tras acusar la inequidad del proceso, y una más, Margarita Zavala, que abandonó las filas del PAN por ese mismo motivo–, al final la boleta que marcarían los panistas quedó con un solo rostro y un solo nombre.

Triunfo sin duda de una estrategia que se legitima por la norma, pero absolutamente cuestionable desde la ética: juez y parte, poseedor único del padrón de militantes, apoyado por la estructura partidista, sus recursos, su tiempo aire, sus dirigentes, la desigualdad de la competencia recuerda a ese PRI que celebraba la democracia en el papel pero desde la práctica atentaban contra todos sus principios y sus valores.

Lo que ocurrió el domingo en el PAN es, en suma, el fracaso de un modo partidista de hacer política que transitó de la pluralidad a la uniformidad, que sacrificó el diálogo y el acuerdo para dar paso a una imposición, que se ahorró el debate y el contraste de ideas para encerrarse en una sola, única e incuestionable razón.

Podrá resultar, al final, un camino eficaz si trae consigo el único objetivo que se vislumbra de esta perversión de los valores panistas, y que es hacerse de la Presidencia de la República.

Y aún con ese logro, aquella máxima de que el fin no puede justificar los medios, de que torcer estos ensucia incluso el más noble de los objetivos, tan repetida en los cursos de formación de Acción Nacional, queda en el cesto de la basura donde están hoy, también, otros principios enunciados, repetidos y practicados por tantos durante 78 años.

No faltaron quienes, ese domingo, buscaron justificaciones históricas y escenarios funestos para relativizar el que un solo candidato apareciera en la boleta: que si Fox llegó en las mismas condiciones, que si el calderonismo también controló, que si un bien mayor –frenar el populismo– exige el sacrificio, entre otras.

Ninguna válida porque, en principio, son interpretaciones parciales de la historia, que presentan ésta en fragmentos a conveniencia, muy en sintonía con la posverdad que construye argumentos a modo, omite contextos y simplifica lo que es complejo en frases atractivas.

Pero si ya fue posible echar por la borda valores y principios democráticos, si ya se pudo prescindir de aquellas prácticas que dieron al PAN nombre y prestigio, no es de extrañar que se trate de manipular también su historia con fines individuales o grupales.

Entonces, decir que Fox fue candidato único omite señalar que el ex presidente no estaba a la cabeza del propio partido, que hizo una campaña interna incluso al margen de este, además de un contexto de auténtica transición política, con un amplio respaldo social para Acción Nacional, respaldo hoy mancillado y que recurre a la unión con otros partidos para compensar la pérdida de adeptos y simpatías.

De igual modo, aducir que el calderonismo también se impuso omite recordar que el PAN, bajo las presidencias de Germán Martínez y César Nava, se dio espacio y capacidad de competir internamente a quienes no pertenecían a su propio grupo, de suerte que el poder pudiera transitar de unas manos a otras, como en efecto ocurrió.

Y la última, señalar que en nombre de detener a López Obrador es necesario el “sacrificio” implica entonces dar cabida a un razonamiento perverso: en tanto se encuentre un motivo “superior” se tendrán razones para deshacerse de lo que estorba: primero una práctica, luego una historia, y en el futuro, por qué no, una persona. A cambio, un salvador que ofrece ser el que detenga a otro salvador.

El PAN ganó un candidato el pasado domingo, pero perdió mucho porque ya no es una opción distinta ni distinguible, justificó el ser incluido en la misma bolsa donde la gente pone a los partidos cuando dice “todos los políticos son iguales”, y perdió la posibilidad de la congruencia: ¿cómo creerle a quien pregona democracia y justicia cuando él mismo atropelló esa democracia interna y esa equidad en la contienda?

La simulación que acompañó y se recrudeció durante el proceso interno llegó a su fin; se redujo la democracia al mero acto de votar, y este importante hecho no basta, sin duda, para garantizar una democracia plena, como aquella que alguna vez Acción Nacional pensó, diseñó e impulsó para México.

El PAN tiene candidato oficial, oficialista, y ni su probable triunfo alcanzará para compensar la derrota cultural que propinó al panismo.

 

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