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Fernando Gonzalo
Venezuela: El hambre y la angustia de no poder ser
Fernando Gonzalo
18 MARZO 2017 Ver más artículos publicados  Volver
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Venezuela: El hambre y la angustia de no poder ser

La esperanza en una Venezuela decente puede llegar a convertirse en angustia.

De repente se me ha ocurrido que la deformación de esa lícita esperanza se pudiera parecer a la angustia "reveladora de la nada que somos," que proclamó el existencialismo "humanístico" de Sartre y que ahora pudiéramos empezar a sentir  muchos venezolanos.  Es el existencialismo que también proclama  "la insignificancia del ser y el absurdo de vivir".  Es una visión atea del SER y de la existencia.  Es una interpretación que nos hace proclives al sometimiento y a renunciar a nuestra auténtica condición de seres   libres.

Tal como lo contempla el existencialismo cristiano (Karl Jaspers, Gabriel Marcel) y al contrario del existencialismo de Sartre y de la escuela de Frankfurt, el Ser precede a la existencia, como creación divina que es y de allí su condición trascendente.  Condición  que nos hace  libres.  Luego de Ser, por haber nacido libres, tenemos la posibilidad de existir.  Es decir, de construir libremente nuestra  propia existencia.  Por tanto, la derrota de la insignificancia y del absurdo de vivir es una obligación histórica.  En efecto, desde el punto de vista ético cristiano el hombre vivirá apegado a lo universal, a la moral y al imperio del deber; incluido el deber de ser libre.

Todo lo anterior pretende  provocar una reflexión y una reacción personal de defensa, y en contra de la sensación de angustia que nos embarga, de no poder SER lo que nos corresponde por Derecho Natural, (ser libres) en un país donde tampoco existe el Estado de Derecho.

Lo que si existe, como lo ha dicho Antonio Pasquali, es un regimen que cumple absolutamente (en forma desfachatada) “las cinco condiciones básicas de una dictadura: absolutismo, irrespeto a la Constitución, personalismo, totalitarismo, intento de eternizarse en el poder.  Toda opinión contraria es un cavilo.”

Esa angustia de no poder ser lo que nos corresponde por Derecho Natural, embarga cada minuto y cada necesidad básica de nuestra existencia.  Por eso, de repente, me parece que  acabo de inventar-identificar un nuevo derecho; el derecho a no sentir hambre.  Es que permanece, fija en mi memoria, la imagen dolorosa de personas, pateticamente hambrientas, compitiendo con perros y gatos, para comer directamente de una bolsa de basura, en las calles de Caracas.

Cáritas Venezuela, con la colaboración de Cáritas Francia, la Comisión Europea y la Confederación Suiza, realizó un estudio en Octubre-Diciembre de 2016 sobre la crisis alimentaria en el pais.  Dicho estudio establece que en Venezuela hay claros indicios de desnutrición crónica entre los niños, alcanzando niveles cercanos a lo que, según estándares internacionales, es una grave crisis. El informe dice en sus conclusiones: “Se están registrando estrategias de sobrevivencia inseguras e irreversibles desde el punto de vista económico, social y biológico, siendo especialmente preocupantes el consumo de alimentos rebuscados en las calles”.  Por otra parte, la directora para las Américas de Amnistía Internacional, Erika Guevara-Rosas, declaraba de forma tajante: “En Venezuela hay desesperación y hambre”.

Hablando de una estadía suya en Cuba, Tulio Hernandez decía recientemente: “La primera vez que conocí de cerca el hambre colectiva fue en La Habana”.  Su descripción de esa experiencia habanera, pudiera ser también un fiel retrato de la Caracas de hoy.  Abundaba  Tulio en su relato: “…..la evidente multiplicación de la prostitución a cambio de productos, alimentos y bebidas…la delgadez casi famélica de amigos….pero lo que más me impactaba era un cierto rictus en el labio superior, una especie de encogimiento producto de la desnutrición, que dejaba la boca permanentemente semiabierta y afectaba a la mayoría por igual.  El sello facial del hambre comunista”.

En una ocasión Nikita Kruschov, líder de la Unión Soviética, se preguntó: “¿por qué, tras 50 años de poder soviético, es imposible encontrar carne y huevos en las provincias?”…y luego dijo: "Ansío ver el día en que un camello pueda marchar de Moscú a Vladivostok sin que lo coman por el camino los campesinos hambrientos". En aquel entonces, Nikita reconoció lo que todos ellos sabían: que el régimen comunista es incapaz de alimentar a su población.

Por encima y mas allá de todas las libertades y derechos conculcados por el socialismo del siglo XXI, el hambre es hoy el fantasma capital que nos agobia.  Es un fantasma que pudiera transmutar “la esperanza por una Venezuela decente, libre y democrática, en “la angustia reveladora de la nada que somos”, de la insignificancia que somos y de lo absurdo de nuestro vivir.  Esa presisamente, es la interpretación que la dictadura quiere que hagamos con el hambre que nos acogota.  Porque esa interpretación nos hace proclives al sometimiento y a renunciar a nuestra autentica condición natural de seres libres.

Hoy, más que nunca, en Venezuela, la derrota de la insignificancia y el absurdo de vivir es una obligación histórica.

Créditos fotográficos: Sumarium

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