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Fernando Gonzalo
¿El triunfo de Occidente?
Fernando Gonzalo
21 FEBRERO 2017 Ver más artículos publicados  Volver
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¿El triunfo de Occidente?

“Todas las civilizaciones desembocan en la occidental, que ha asimilado o aplastado a sus rivales….una civilización (la occidental) que ya no tiene rivales y que confunde su futuro con el del mundo…..La antigua pluralidad de culturas, que postulaban diversos y contrarios ideales del hombre…ha sido sustituida por la presencia de una sola civilización y un solo futuro….La Historia universal es ya tarea común”.   Esto lo escribía Octavio Paz, en 1950, en su “Laberinto de la soledad”.  Entonces, hace 65 años, la globalización de la cultura occidental era, con respecto a este momento, comparativamente, tan sólo una pálida sombra.

Sería aquí imposible agotar todas las instancias recorridas desde entonces, en todas las latitudes, por el  fenómeno de  globalización de la civilización occidental.  Ese proceso se ha seguido desarrollando de manera sostenida y acelerada.  En 1985, el historiador británico John Roberts  presentó en la BBC,  una estupenda serie de televisión, de 16 capítulos, titulada “El Triunfo de Occidente”, que fue actualizada por última vez en Julio de 2016. 

Tan incontenible y tan incontrolable ha sido el fenómeno que ha sido capaz de penetrar culturas tan dispares y resistentes al cambio, como las orientales. A manera de ilustración superficial, pero significante, en la  China comunista se desechó el tradicional “traje Mao”.  Ahora, el Presidente Xi Jinping se viste de paltó y corbata y viaja al exterior acompañado de su esposa, al más ortodoxo estilo occidental. Pero, en realidad, lo que es mucho más significativo es el viraje de 180 grados de China hacia la adopción de una política de apertura comercial al mundo, bajo principios de una economía netamente capitalista y todo lo que ello implica, en términos sociales y eventualmente políticos.  También se ha presentado allí una sensible modificación en el sistema de valores, actitudes y comportamientos (lo que se denomina “cultura urbana”) en las grandes ciudades de China. Esta “occidentalización” se plasma, de manera más evidente, en las imágenes de la arquitectura y el sentido vertical de ciudades como Pekín, Shenzhen, Shanghái y Hangzhou, entre otras.

En el caso de Japón y otros “tigres orientales” como Corea del Sur, Taiwan y Singapur, en 1945, tras el fin de la segunda guerra mundial, comenzó una absorción  de elementos de la cultura occidental (en la economía, la política, el alfabeto, la literatura, la arquitectura, la moda y el estilo de vida) en un proceso de “modernización” que, sin embargo, no les ha impedido conservar rasgos esenciales de su identidad.

Por otra parte, las monarquías petrolíferas del Golfo Pérsico, también se han integrado, sin complejos, en la lógica del capitalismo global.  Además allí, como en todas partes del mundo (incluida China), los deportes occidentales, promovidos por los medios de comunicación masiva, ejercen una potente influencia occidentalizante.  Es el caso del Campeonato Mundial de Futbol y los Jugos Olímpicos (cada 4 años).  Hoy, desde el Golfo Pérsico y desde China, fluyen hacia Europa ingentes capitales para intervenir en las ligas del futbol europeo.

Sin embargo, en esas sociedades de árabes musulmanes, se mantiene (resiste), invariable, el vestido de los hombres; el kafiyyeh  sobre la cabeza y la túnica suelta, al igual que el anacrónico atuendo de las mujeres.  Y esto parece tener enorme importancia, en casi todo el ámbito del Islam, como expresión  de rechazo, en contra de “la decadente cultura occidental”.  Parece evidente que, en esas sociedades del Islam ha resurgido, en unas más agresivamente que en otras, la resistencia (de fundamentación ética y moral) a la cultura occidental.  No sería cierto, entonces, lo que proclamaba Octavio Paz, en 1950, sobre una sola civilización y un solo futuro para la humanidad.

En este momento no nos vamos a referir a la mutación de la resistencia en “Guerra Santa”. Nos interesa, por ahora, más bien destacar algunas oposiciones, aparentemente irreconciliables, del Islam a la cultura Judeo-Cristiana de Occidente, donde lo espiritual y lo temporal son esferas separadas en la vida de la sociedad.

En ese sentido, Ernest  Renan, en 1880,  decía: “El islam, es la unión indiscernible de lo espiritual y lo temporal, es el reinado de un dogma, es la cadena más pesada que la humanidad haya cargado jamás”.

Más allá de lo dicho por Renan, universalmente se acepta que en la religión musulmana lo espiritual y lo temporal es una sola y misma cosa.  En efecto se trata de una unión indiscernible entre la Religión (lo espiritual) y el Estado (lo temporal).  De allí que la religión musulmana es además un código de organización de la vida y de la ciudad musulmanas, con la consecuente sacralización de la sociedad, que se concreta en el Estado Teocrático.  En otras palabras la religión domina absolutamente la vida civil, en detrimento de las libertades y los derechos ciudadanos.  En este sentido es interesante desentrañar la esencia y los orígenes del juicio negativo del Islam sobre la fundamentación ética y moral de la cultura occidental y que, al propio tiempo explicaría su impúdica decadencia y su necesaria eliminación.  Se argumenta que la religión cristiana, desde el mismo curso de su implementación institucional, tuvo como lugar oficial de asentamiento la Roma de los emperadores y no la palestina de los profetas (Jesús uno de ellos).  Ese asentamiento romano “produjo significativos cambios en su ética y moral a partir de la conjugación del pensamiento griego y  romano en la filosofía Greco-Latina.  Contra esta supuesta “contaminación degenerativa” original, se esgrime la “pureza autentica” de la religión musulmana que nació y floreció en su propio territorio libre de desviaciones.

En el razonamiento anterior se hace patente la concepción salvacionista que se atribuye el Islam en la historia de la humanidad.  Esta misión “santa” (sobrenatural) obligaría a una aplicación estricta (rigorismo), a todas las gentes, de la verdad revelada tanto en lo espiritual como en lo terreno y que es contraria a la permisiva y disoluta “modernidad” occidental. 

En próximos artículos valdría la pena abundar en este tema y sus muchas consecuencias.  Entre otras, las relacionadas con el carácter patriarcal y el sometimiento de la mujer como portadora de esa “modernidad” decadente, así como “El Triunfo de Occidente” versus “El Choque de Civilizaciones”.

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