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Jose Rafael Vilar
Lewis Carroll y el país tras el espejo
José Rafael Vilar
01 DICIEMBRE 2015 Ver más artículos publicados  Volver
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«El kirchnerismo se convenció de que era vocero de los excluidos y, en esa ilusión, excluyó al resto.» [Diego Fonseca, “Argentina, el sentido de un final”, El País (España), 24.11.2015]

El 10 de diciembre, Mauricio Macri Blanco —reinventado por completo para dejar de dar miedo a los pobres y a las clases populares— asumirá la presidencia de Argentina. Y aunque eso no es noticias ya y tampoco alguien podría hoy predecir si los símbolos de mando se los entregará la actual presidente —un poco impredecible y muy creativa, como cuando su hija Florencia le puso la banda en 2011 en lugar del vicepresidente saliente, su opositor Julio Cobos Navarro, a quién protocolarmente le correspondía— porque ella logró terminar su período con una buena cuota de popularidad —a pesar de toda la situación económica y de que en sus ocho años de gobernar tuvo caídas importantes, termina con valores sobre 40% de popularidad— y sin una goleada opositora —confirmada, al menos— y pudiera irse a su Santa Cruz sin hacerlo o, por el contrario, buscará darse el último baño de masas de sus clientelares pero lo que sí todos estarán seguros es que el rumbo de Argentina no va a ser el del kirchenerismo —algo que el mismo Daniel Scioli, su contrincante derrotado, sabía que tenía que pasar aunque él prometía hacerlo “gradualmente”.

Como la Reina de Corazones en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, Cristina Elisabet Fernández Wilhelm de Kirchner fue monarca —sin corona pero casi en camino del absolutismo, para lo que le faltó tiempo— que hacía gala de su muy mal genio cuando alguien osaba ofenderla al contradecirla, y aunque no podía —como sí la Reina del libro— “sentenciarlo a la decapitación”, sí sabría hacerle sentir su furor. Para eso tenía la incontinencia verbal furibunda de Galimatazo.

Es cierto que la Era K ejerció la solidaridad social pero lo hizo de una manera perversa: aprovechó una de las etapas más provechosas de su historia reciente, con muy altos precios de los commodities, para repartir los ingresos entre las clases pobres e indigentes —los “excluidos” de hoy, los “descamisados” de Evita— y, aunque lo hizo extensamente, provocó dos efectos terriblemente negativos, incluso desde el corto plazo: no creó empleo de calidad —es más, con el proteccionismo económico aislacionista que ejerció el matrimonio K en sus tres períodos y la primacía abrumadora de lo ideológico sobre lo económico, destruyó parte del existente y generó más informalidad y empleo precario—, lo que aumentó secuencialmente la masa poblacional de quienes necesitaban transferencias de dinero —porque su trabajo era de baja calidad o eventual o, de plano, no tenía— del 20,2% en 2010 al 28,6% en 2015 a la vez que ocultaba desde 2013 los indicadores de pobreza —incluso los muy cuestionados del Indec, el espejo astigmático que ofrecía la Era K—, que este año llegan al 28,7% de los argentinos, según la UCA. El otro efecto fue que contrajo la economía —0,5%  (2014), 0,1 (2015) y -0,7 (2016)— y dejó el país sin reservas, en un momento en que Venezuela, su aliada ideológica, ya no puede ir a salvarla como en 2008, cuando compró miles de millones de dólares de deuda y bonos argentinos —éstos a interés de usura: 13%—  o maletas como la de Antonini Wilson.

El peronismo —o justicialismo, como tuvo que llamarse el partido desde 1971 por la ley que impedía que los partidos tuvieran designaciones personales o derivados de ella— recorre transversalmente la historia de Argentina. Como partido fue fundado en 1947 por el entonces presidente Juan Domingo Perón Sosa, aunque como corriente existía desde 1945.

El peronismo ha abusado de las paradojas: Identificada como la corriente política con mayor adhesión histórica de la clase obrera y los sectores sociales más postergados en la Argentina, sus políticas económicas populistas han traído para esos mismo desposeídos que se dirigen un efecto sinusoidal, con un apogeo de abundancia y beneficio y un perigeo consecuente de carestía —mayor— y depresión, contribuyendo cíclicamente a las crisis nacionales —la enorme de diciembre de 2001 fue consecuencia de que la administración radical de Fernando de la Rúa Bruno continuó aplicando las recetas económicas de su antecesor, el peronista Carlos Saúl Menem Akil, además de las ambivalencias y lo timorato de su gobierno— pero con el éxito elíptico de desvincularse narrativamente de ellas. Nacido el peronismo sobre la admiración e influencia fascista en los primeros años de Perón político —activo participante en los movimientos militares desde 1930 pero, sobre todo, en el de 1943, «la comunidad organizada» que preconizaba Perón era un calco de la sociedad corporativa mussoliniana basada en la cooperación de los diferentes componentes sociales bajo control del Estado—, el peronismo también supo hacer elipsis de cómo la Argentina se convirtió en santuario para muchísimos jerarcas nazis. De ese pasado filofascista, el kirchnerismo rescató La Cámpora, el grupo de choque ultraK que intentó enquistarse y dominar el Estado.

Dentro del peronismo han coexistido todos los extremos, desde la ultraderecha de la Triple A —la paramilitar y terrorista Alianza Anticomunista Argentina de José López Rega, muy cercano a Perón e Isabelita— hasta la extrema izquierda de Montoneros —la guerrilla del peronismo revolucionario con tendencia marxista y conceptuada de terrorista. Hoy coexisten tendencias tan diversas como el kirchnerismo y el Peronismo Federal, entre otras muchas otras corrientes, destacándose como la más comprometida realmente con los pobres el denominado peronismo de base, parte del cual son los curas villeros —muy vinculados al Papa Francisco y desligados, incluso enfrentados, del kirchnerismo.

En economía, la próxima administración necesariamente tendrá que tomar medidas drásticas inevitables pero en el difícil equilibrio de afectar lo menos posible a los más desposeídos en el corto plazo —en el medio, de aplicarse, podrán percibirse sus beneficios—, los cerca de 12 millones de argentinos que hoy el kirchnerismo reconoce que necesitan ayuda social. Buscando alejar los fantasmas de devaluación, corrida cambiaria o crisis financiera esgrimidos por la campaña de terror utilizada por los estrategas de Scioli y aún sin datos ciertos de la economía —los del Indec no se los creía ni el último ministro de Economía de CFK, Axel Kicillof Barenstein, y lo decía públicamente antes de ser parte de su gabinete—, la nueva administración aplicará una anunciada política de choque los primeros días, que en lo económico incluirá la elevación del piso del impuesto a las ganancias —medida también promovida por el tercero en la primera vuelta, Sergio Massa Cherti—, la eliminación de retenciones a todos los granos menos la soja —para ésta, un proceso de reducción gradual a cinco años—, el fin de los controles para la compra-venta de dólares,  el anuncio de cuantiosas inversiones extranjeras y nacionales —orientadas para mitigar los efectos de una eventual devaluación del peso—, el nuevo esquema de negociación con los holdouts, el plan de aumento gradual de los precios del gas y de la electricidad —con una tarifa social que reduzca o exceptúe, según los casos, el costo de esos servicios para quienes están por debajo de la línea de pobreza— y el modelo de inversión del —infraestructura del deprimido norte argentino —Salta, , Catamarca, Misiones, Corrientes, Chaco, Formosa, Tucumán y Santiago del Estero, donde Scioli fue ganador, y Jujuy y La Rioja, macristas—: inversión en infraestructura de 16 mil millones de dólares en 10 años, fondo de reparación histórica de 50 mil millones de pesos en 4 años, solución habitacional para 250.000 familias, atención inmediata a los afectados por la pobreza extrema, y subsidios para las economías regionales e incentivos laborales, entre otros beneficios. En lo político, tras la asunción se reunirá con los gobernadores de todo el país —con algunos ya lo ha hecho— para tratar sobre la distribución de fondos y de obras; también lo hará con sus oponentes en la primera vuelta de las elecciones —incluidos los peronistas Scioli y Massa— para lograr compromisos para políticas de Estado e informarles de sus planes, así como con el Congreso, gremios y sindicatos; se creará la Agencia Federal contra el Crimen Organizado y declarará emergencia en materia de seguridad, además de seleccionar sus candidatos para las vacantes en la Corte Suprema —negociando con el justicialismo y los radicales— y para reemplazar a la actual ocupante kirchnerista  de la Procuración General de la Nación. También en el día de su asunción como Presidente de la República Argentina mantendrá reuniones bilaterales con cinco mandatarios extranjeros: con los presidentes Ollanta Humala Tasso (Perú), Michele Bachelet Jeria (Chile) y Juan Manuel Santos Calderón (Colombia) —además de una posible con Dilma da Silva Rousseff (Brasil)—, además de con Ernesto Samper Pizano, secretario general de Unasur. A pocos le quedará dudas que Macri, como los habitantes del país de la Reina Roja, ha tomado la decisión de correr tan rápido para, en este caso, impedir que Argentina retroceda nuevamente.

De las tres mujeres que el peronismo aupó al poder —María Eva Duarte de Perón (o Eva María Ibarguren), Evita, María Estela Martínez Cartas de Perón, Isabelita, y CFK, las únicas que han gobernado en el país— sólo dos, Evita y CFK, han trascendido, mientras la memoria de Isabelita queda indeleblemente vinculada al terror de la Triple A y los Montoneros —extremos del peronismo pero con métodos confluyentes— y a abrirle la puerta al último y sangriento período dictatorial.

Evita y CFK tienen coincidencias significativas: ambas nacieron en provincias —Evita en lugar confuso, Cristina en La Plata—; ambas tuvieron desempeños profesionales poco relevantes —una actriz, la otra abogada—; sus maridos fueron sus puentes hacia el Poder —que en Evita fue ejercido a través de Perón, quien en buena medida se benefició de la poderosa imagen popular de ella, y en CFK creció junto a su esposo Néstor a quien sucedió constitucionalmente—, poder que ejercieron con vigor y centralismo porque ambas no aceptaron oposición real y buscaron centralizar Argentina en sus personas —con más éxito en el dúo Evita-Perón. El eje del discurso de las dos —hábiles oradoras— fueron los pobres; sin embargo, la demagogia les facilitó que desde el poder abusaran de la riqueza: CFK y Evita —ésta incluso más que la platense, aunque CFK, junto con Néstor, tuvo el “mérito” de encontrar la fórmula mágica de Midas que le permitió multiplicar exponencialmente sus bienes durante los 12 años que ambos estuvieron en la presidencia aunque este arte de barbiloque no lo aplicaron al país— igualaron y muchas veces superaron el derroche y vanidad de la oligarquía que tanto criticaron. A su muerte, Evita pasó a convertirse en un mito —en un país proclive a ellos, basta ver que al drogadicto y pendenciero Diego Armando Maradona le han instalado iglesias de culto—, alimentado continuamente por las administraciones peronistas —la misma CFK contribuyó a ello al elegirla como el símbolo de los 200 años de la historia argentina, otorgándole la distinción de "Mujer del Bicentenario". Para CFK, hoy su futuro queda en la incertidumbre.

Desde hace meses, sostengo que un triunfo de Macri representaría el inicio del fin del populismo clientelista en Latinoamérica. Ya Brasil y Venezuela —aún sin cambios de gobierno— lo están sintiendo por sus crisis: Venezuela con crecimiento del PIB de -10% este año (inflación pronosticada de 200%) y -6,0 en 2016, mientras Brasil tendrá -3,0% y -1,0 respectivamente (8,9% de inflación). Lo que el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti Coirolo resumió en: «Lo que sí está claro es que la fiesta populista está en su ocaso.» [“Fin de fiesta“, El País, 20.11.2015]

En lo exterior, ya Macri está cumpliendo lo prometido: decidido crítico del chavismo, promoverá la expulsión de Venezuela del Mercosur —con apoyo de Paraguay— y la aplicación de la cláusula democrática —como las de él, las duras declaraciones de los observadores de UNASUR y de Luis Almagro sobre la violencia electoral en Venezuela son ejemplo de una realineación regional. Sin duda, la política exterior argentina sufrirá un cambio radical: de bolivariana dura, aislacionista y antimperialista —a pesar de coqueteos de CFK con “el Imperio”— pasará a una amplia apertura y acercarse a EEUU y UE, dejando el vínculo con Irán —¿prosperarán los casos AMIA y Nisman?— y reducirán los existentes con  Rusia y China. En integración, el nuevo gobierno priorizará la reformulación del MERCOSUR acercándolo a la Unión Europea y el vínculo amplio con la Alianza del Pacífico, para lo que se apoyará en su canciller, Susana Malcorra, la actual jefa de Gabinete del secretario general de NNUU.

Respecto a sus vecinos, la apuesta es profundizar las relaciones desideologizándolas: con Brasil ya lo he escrito; el Paraguay de Horacio Cartes Jara —país que sufrió con el kirchnerismo y el lulismo— será un aliado; Uruguay, con la izquierda pragmática en el gobierno y el interés en sumarse a la Alianza del Pacífico, será un socio confiable;  las estrechas relaciones económicas —a mediano y largo plazo— con Bolivia no tendrían que sufrir cambios algunos —aunque el embajador K saliente, el sindicalista Ariel Basteiro, olvidando que era representante del país, en su conferencia de salida previno “anunciando” cambios del nuevo gobierno en los contratos— pero sí los anteriores estrechos vínculos ideológicos, así como un mayor enfrentamiento al contrabando y el narcotráfico —y en lo político, la victoria de Cambiemos podrá dar un incentivo más simbólico que efectivo a la oposición a la reelección continuada.

CFK intentó crear un mito K a semejanza del mito Evita y para ello apostó a divinizar a su difunto marido, colocándolo como Vigilante sobre la Patria cuando, tras jurar su segundo mandato, cerró el juramento de su cumplimiento de deberes y funciones con una fórmula inusual —y efímera—: “Si así no lo hiciere, Dios, la Patria y él [por su difunto esposo Néstor Kirchner Ostoić] me lo demanden”. Mito que ella hubiera intentado asentar si una parte importante del electorado argentino no le hubiera dado la espalda en los comicios parlamentarios de medio término de 2013 al no elegir una mayoría calificada de diputados que le hubieran asegurado a CFK el poder modificar la constitución y permitirle una segunda relección —la rere y siguientes que son tan ansiadas por variados gobernantes latinoamericanos, desde la presunta izquierda del espectro como el difunto Hugo Chávez Frías o Rafael Correa Delgado, Evo Morales Ayma o Daniel Ortega Saavedra hasta la presunta derecha como Alvaro Uribe Vélez o Alberto Fujimori Fujimori. De haber logrado relegirse por segunda vez, eso le hubiera posibilitado “dejarle” la presidencia en 2019 a su hijo Máximo.

«Macri resultó el hombre más potable para articular el desplazamiento, más que de un gobierno, de una parroquia familiar en el poder, una iglesia donde El Padre, La Madre y El Hijo eran dueños de La Palabra.» [Diego Fonseca, “Argentina, el sentido de un final”]

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