LA Entrevista: James K. Galbraith

Eduardo Jiménez García
Alma Mater

James K. Galbraith, profesor de economía en la Universidad de Texas, e hijo del también economista y escritor John Kenneth Galbraith, analiza en Alma Mater las consecuencias económicas que podría tener para Estados Unidos una guerra en Irak, y la difícil situación financiera que, minimizada por el "optimismo" de las autoridades norteamericanas, mantiene en recesión a la mayor potencia mundial.

¿Qué consecuencias podrían derivarse para la economía norteamericana en el caso de emprender una guerra contra Irak?

Hay muchas dimensiones para analizar ese problema. Creo que el costo directo de la guerra y el efecto de ésta sobre el gasto total podría ser relativamente pequeño si fuera una guerra rápida, algo que no es del todo probable. Sin embargo, ese no sería el mejor modo para analizar las consecuencias económicas porque la misma amenaza de guerra y la incertidumbre que existe acerca de cuándo regresaríamos a una situación de seguridad y estabilidad relativas son fenómenos que ya están teniendo un efecto muy malo sobre el clima de la inversión comercial, sobre todo en el sector de los mercados financieros. Solo hay que ver qué inestables están las bolsas y cómo persiste estos días la tendencia a una caída bursátil, y no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Esas son ya consecuencias muy negativas y visibles -como el aumento del precio del petróleo ante el temor a una confrontación-, que ponen a la economía norteamericana en mayores aprietos.

A su juicio, de producirse esa guerra, ¿qué pasaría después?

Una confrontación militar en Irak es algo muy arriesgado, en extremo peligroso. Ya lo sabemos por Afganistán, donde la operación fue más pequeña que la que ahora tendría lugar; fue a una escala menor en todos los sentidos. Irak es un país más grande, mucho más urbanizado, y puede ser que nos encontremos enfrente dificultades, unas tras otras, durante un largo período.

Esas dificultades pueden crecer si la guerra fuera muy destructiva para la población civil, por las efectos directos o por las consecuencias del uso de armas biológicas, ya que los civiles serían las primeras víctimas. Y ya sabemos que la destrucción de la infraestructura iraquí, a causa de las agresiones y del bloqueo comercial estadounidenses durante el último decenio, tuvo un efecto muy pernicioso sobre la salud pública en Irak. Esos son costos que están pesando y pesarán para una reconstrucción que será costosísima.

En Japón la guerra que terminó en el 45 no fue un problema para los norteamericanos; en Alemania, tampoco. Pero en el Oriente Medio, se sabe que gran parte de la población es hostil. Y eso hará aún más difícil la labor de reconstrucción.

Por todas esas razones, me parece que una misión militar entrañará riesgos económicos muy fuertes y muy peligrosos.

¿Usted también considera que la guerra está siendo una salida contra la recesión económica norteamericana y mundial?

Seguramente hay cierta influencia. Con la guerra se reabastece el equipamiento militar y se consumen productos como combustibles, alimentos, municiones, etc, lo que provoca un relativo aumento de la demanda para empresas que hoy tienen deprimidos sus mercados. Pero recordemos, por ejemplo, que la Guerra del Golfo no significó una aceleración significativa de la demanda, ni fue una reactivación del mercado tan voluminosa como para atenuar la recesión económica que vivió Estados Unidos entre 1991 y 1992. No obstante creo que ésta será una guerra mayor que aquélla.

El asunto es que la demanda de la economía en general es mucho mayor que la del sector militar aún estando en guerra. Y no se puede olvidar que la recesión que se está viviendo en Estados Unidos no se soluciona con aumentar el gasto militar, porque lo que está deprimido en este país son el consumo y la inversión en términos generales. Por ejemplo, tenemos la caída de la burbuja bursátil de los valores tecnológicos, algo que ha sido traumático, y existe un fuerte ajuste de las economías familiares que, ante esta recesión, tratan de incrementar sus ahorros, no sus gastos.

Además, tanto las empresas como las familias tienen niveles de endeudamiento elevadísimos. Y todo eso no lo puede solucionar una guerra. Por eso no creo que la confrontación militar contra Irak tenga un efecto importante en la recuperación de nuestra economía. Considero que el factor de incertidumbre, y la gran debilidad que esto acarrea en el consumo y en los mercados financieros, tendrá un costo muy alto que no podrá ser disminuido por una supuesta reanimación a través de los gastos de guerra.

Recientemente el presidente de la Reserva Federal, Allan Greenspan, expresó que la guerra podría hacer más difícil la recuperación de la economía norteamericana...

El sabrá por qué lo dice. Pero la creencia de que habrá un despegue en la economía no está bien sustentado, incluso sin la guerra. Para eso se requerirá de cierto tiempo.

Todavía es desmedido el valor que tienen muchas acciones de compañías en las bolsas de valores; las deudas en el sector familiar siguen siendo excesivas, el dólar aún tiene un precio sobrevalorado, y para que la economía pueda retomar el crecimiento tienen que reajustarse todas esas desmesuras que se han venido acumulando, toda esa ficción. Algo así requiere de 18 meses a dos años. Ese ajuste comenzó en el sector de la familia recientemente con el recorte de gastos y aún falta buena parte del sector empresarial. No sería correcto decir que si no tuviéramos esta guerra podría haber recuperación. La guerra no es excusa.

A principios de febrero el mega especulador George Soros dijo que de demorarse un poco la guerra contra Irak sería fatal para las bolsas. Parecía sugerir, cínicamente, que "de lo inevitable se sale rápido"...

No obstante, creo que es correcta su opinión. Muchas de las compañías que están registradas en Wall Street son internacionales y necesitan un clima comercial internacional que sea estable para desarrollar su actividad económica. La guerra, y su amenaza de destrucción, perturba ese desenvolvimiento. Los que están en Wall Street se sienten nerviosos, se ve en los periódicos: cuando el mercado baja, la prensa dice que es por temor a la guerra.

¿Qué diferencias ve entre esta recesión y la que tan magistralmente analizó su padre en El crac del 29?

Es bueno que la gente haga ese tipo de asociaciones entre la recesión de hoy y el crac del 29 porque entonces el libro se vende más. Pero bien, hablando ahora en serio, voy a mencionar dos diferencias sustanciales: la primera es la caída en bolsa de un sector como el tecnológico, que fue el blanco de la mayor y más irracional especulación que se haya conocido. En 1929 el blanco preferido de los especuladores, y el comienzo del crac bursátil, estuvo en el negocio inmobiliario. O sea, los detonantes fueron distintos, aunque realmente el sector tecnológico se ha desmoronado como en el 29, hasta perder un 98 por ciento en sus valores. Pero dentro de todo el universo de las inversiones y de la economía en general, es solo un fragmento el que ha caído en un ajuste dramático y necesario. Sin embargo, hay todavía mucha actividad en sectores que no fueron arrastrados en la misma magnitud que en la crisis del 29, y que aún no han entrado en crac.

Otra diferencia es que en 1929 no existían los mecanismos de la Seguridad Social.

Entonces el gobierno tenía una muy pequeña porción de la Economía y, por tanto, el factor de estabilización del gasto en el sector público no estaba presente. Hoy hay un gran porcentaje del gasto social que lo han asumido gobiernos locales y estatales que están enfrentándose a una crisis fiscal de gran profundidad.

Por ejemplo, el estado de California tiene un ingreso general de 80 mil millones al año, pero hasta ahora, a causa de la crisis, sólo ha podido recaudar 36 mil millones. Eso expresa una necesidad de incrementar impuestos y reducir gastos a escalas fantásticas, justo cuando se defiende la idea de que hay que liberar a las empresas y a las personas de cargas fiscales para hacer más competitiva la economía.

Ahora, multiplica ese ejemplo y verás que tenemos una crisis muy seria en el sector público. Y si no hay un socorro fiscal para esas entidades gubernamentales me temo que estaremos ante problemas de gravedad desconocida.

¿Podrán los gobiernos locales y los Estados que endeudarse aún más para financiar ese déficit?

A estas alturas pedir prestado entraña un riesgo muy grande, porque los Estados se ven obligados a equilibrar sus gastos con sus ingresos. Entonces se ha optado por hacer disminuciones importantes (algunas ya se están poniendo en práctica), lo cual reducirá la capacidad económica, en el mismo momento en que la economía necesita oxigenarse.

Pero el presidente Bush propuso, y el Congreso se lo aprobó, una rebaja de impuestos.

El problema del plan propuesto por Bush es que reduce los impuestos en el futuro y no ahora y básicamente en una clase bastante reducida de personas que ya son ricos. Y esa gente, tan rica, no incrementará su gasto cuando aumentan sus ingresos. O sea que en nada influirá una política fiscal de ese tipo. Si se quiere una reducción de impuestos que estimule el consumo y el gasto esta tendría que aplicarse en sectores que puedan crecer en su consumo; es decir, la clase media. Y eso es, justamente, lo que no hace el plan de Bush. Y, aunque ha hablado de dar alguna suerte de socorro al sector gubernamental, no lo ha hecho; y si lo hace será realmente insuficiente. Lo dramático es que veremos cerrar escuelas, bibliotecas, y otros servicios que ha venido brindando el Estado.

¿Cuánto más podrá Estados Unidos mantener sus deudas interna y externa tan elevadas?

Es necesario decir que la deuda interna de Estados Unidos, aunque es la mayor del mundo, no funciona igual que en los demás países, porque es una deuda en dólares y es Estados Unidos el que produce los dólares. Esa es una situación muy favorable, pero de eso no se puede seguir abusando.

Ahora, en cuanto a la externa, para nosotros el problema no está en que se pueda pagar la deuda o no, sino en si el resto de la comunidad financiera global continuará absorbiendo nuestro déficit comercial actual, nuestro déficit de cuenta corriente, dado el valor actual del dólar. Y ya se está viendo que esa comunidad no está dispuesta a seguirlo haciendo.

Ya tenemos una depreciación sustancial del dólar en comparación con el euro y esto depende en gran medida de dos factores. El primero es si la deuda de los países latinoamericanos, ahora en grandes aprietos, comienza a afectar a la estabilidad de la banca norteamericana en cuanto a beneficios. Y el segundo factor es si en Asia siguen dispuestos a tener sus reservas de divisas denominadas en dólares, sobre todo en Japón y en China, países que lo han hecho tradicionalmente. Estas son cuestiones para las que nadie tiene respuesta, pero mi instinto me lleva a creer que la posición del dólar no es tan sólida como lo ha sido durante los últimos 30 años.

O sea que se puede esperar un dólar aún más devaluado...

Sí, es una posibilidad.

Por lo que usted me dice, el optimismo que a cada rato expresan las autoridades económicas y financieras norteamericanas, no tiene sustentos muy seguros...

Hay dos tipos de optimismo en Estados Unidos. Está el optimismo de los funcionarios, quienes siempre dicen que la política que están llevando a cabo está a punto de funcionar. Deseo aclarar que éste no es un comentario partidista porque esa conducta se aplica en republicanos y demócratas. Y está el optimismo de los analistas financieros en Wall Street, que siempre desean que usted piense que las acciones corporativas que le quieren vender van a subir. Entonces, no importa en cuál de los dos optimismos usted crea. Es como pedirle a una compañía petrolera su opinión acerca del calentamiento global.

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