Los secretos de la ruptura del diálogo en Colombia

Aun si la intervención de la ONU consigue pegar algunos de los pedazos rotos, es evidente que el modelo de proceso de paz estilo Caguán ha fracasado. CAMBIO cuenta lo que pasó en la mesa y analiza perspectivas políticas y militares.

"El Gobierno entiende que este grupo insurgente no continúa el proceso de paz y, por tanto, han pedido las 48 horas que fueron acordadas desde el principio de la zona", dijo el Comisionado de Paz, Camilo Gómez, cuando el puntero del reloj marcaba tres minutos para las cuatro de la tarde del pasado miércoles 9 de enero. Formalizaba así el rompimiento de la mesa de negociaciones con las Farc que había arrancado el 7 de enero de 1999 y que había llenado de esperanzas al país. Tres años y dos días de un proceso lleno de tropiezos, plagado de incertidumbres y de incredulidad.

Muy pocos saben, sin embargo, que ese callejón sin salida de los últimos días se anticipaba meses antes, desde el 29 de septiembre, cuando fue asesinada la ex ministra de Cultura Consuelo Araujonoguera, la Cacica, por miembros de las Farc que la habían secuestrado en estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. "El proceso se reventó ahí", le dijo a CAMBIO uno de los negociadores del Gobierno.

Pese a todo, la obsesión del presidente Andrés Pastrana por sacar adelante las negociaciones impidió que ese crimen atroz le pusiera punto final al proceso, como sí lo hizo durante la administración de César Gaviria el asesinato del ex ministro Argelino Durán, que llevó a que el Gobierno se parara de la mesa en Tlaxcala, México, en 1992, y diera por terminados los diálogos con la organización de Manuel Marulanda.

Apenas seis días después de la muerte de la Cacica, en medio de gran escepticismo, el Gobierno firmó con las Farc el Acuerdo de San Francisco de la Sombra, que tomaba como base el documento de la Comisión de Notables, nombrada como resultado de otro acuerdo, el de Los Pozos, firmado el 9 de febrero. La de octubre fue una reunión muy tensa pero allí se habló de la posibilidad de un alto el fuego por seis meses, de avanzar en los temas de la agenda pactada en mayo de 1999 y de la necesidad de impulsar las negociaciones por medio de reuniones con los candidatos presidenciales y representantes de diferentes sectores sociales.

Según un negociador del Gobierno, el proceso se reventó cuando asesinaron a la Cacica.

Dos días después, Pastrana prorrogó la zona de distensión hasta el 20 de enero de 2002 y anunció estrictos controles. Tenía en mente extremarlos sobre los aeropuertos externos a la zona como el de Villavicencio, el ingreso de extranjeros, la revisión de remesas y los retenes militares. A partir de entonces el tema de los controles se convirtió en el coco de las Farc (ver artículo).

Los sobrevuelos

Una semana después, durante una reunión con las Farc para definir el cronograma para desarrollar el Acuerdo de San Francisco, saltó la liebre. Días antes el canal RCN había mostrado el sobrevuelo de un avión en la zona, lo que sirvió de pretexto para que los hombres de Tirofijo se negaran a discutir el cronograma y pusieran sobre el tapete el tema que finalmente llevaría al rompimiento de las conversaciones: las garantías. Era sólo un pretexto, pues desde el comienzo había quedado establecido que eran permitidos los vuelos por encima de la zona, sobre los 10.000 pies de altura, porque hay dos corredores aéreos, uno comercial y otro militar, que hacían inevitable el tráfico aéreo.

La reunión fue un fracaso. Las Farc se levantaron de la mesa y advirtieron que sólo volverían si se restablecían las garantías que, en plata blanca, era la suspensión de los controles. Entonces Marulanda empezó a enviar una serie de cartas que hicieron evidente la falta de voluntad de avanzar. "Era la típica situación en que uno da la mano y le quieren coger el codo", dijo uno de los voceros del Gobierno.

El Presidente, empeñado en descongelar el diálogo, ordenó al Comisionado de paz, Camilo Gómez, y a uno de los negociadores del Gobierno, Juan Gabriel Uribe, viajar al Caguán para entrevistarse con Marulanda e indagar qué era lo que de verdad querían las Farc y si era posible recomponer los diálogos. Gómez y Uribe viajaron el 24 de octubre a Balsillas, a 50 kilómetros de Neiva, en la zona de distensión, pero Tirofijo no se presentó. En su remplazo Raúl Reyes y Joaquín Gómez expresaron: "Somos voceros autorizados y delegados de Marulanda". A lo lejos se oía el sonido de un avión que pasaba, lo que de inmediato les dio pie para insistir en las garantías.

Tres aspectos se tocaron en la reunión, además del ya trillado de los controles: la posibilidad de estudiar el alto el fuego, la realización de reuniones con agentes facilitadores como la ONU y la Iglesia, y la necesidad de desarrollar el Acuerdo de San Francisco. "Nos gusta ese acuer- do, lo firmamos. ¿Por qué dicen que no estamos cumpliendo nuestra palabra?", preguntaron los voceros de las Farc. "Pues porque no estamos sentados en la mesa desarrollándolo", respondieron los voceros del Gobierno. "¿Cómo podemos hacerlo si no hay garantías?", replicaron los hombres de Tirofijo.

Ocho días después, se produjo otra reunión en Balsillas con la expectativa de que esta vez sí apareciera Tirofijo. De nuevo faltó pero envió un mensaje: "Que se desenreden solos, que después vemos qué se puede hacer".

Durante todo ese tiempo el Gobierno había mantenido contactos radiotelefónicos con las Farc en los que el primero insistía en la necesidad de un encuentro con Marulanda y las segundas en que el Gobierno, si quería, podía arreglar las cosas, aunque reiteraban que el Presidente había cambiado en forma unilateral las garantías y expresaban, además, mucha preocupación por el tema del terrorismo. El fantasma de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington flotaba en el ambiente y tras las declaraciones de Pastrana contra el terrorismo global, las Farc habían dicho en repetidas oportunidades: "El Presidente nos acusa de terroristas".

Cartas van y vienen

Por esos días, el 12 de noviembre, Pastrana recibió en Nueva York el espaldarazo del presidente George W. Bush y de otros mandatarios del mundo que le expresaron su total respaldo para cualquiera que fuera la decisión que tomara en relación con las Farc. Todos sabían cómo el primer mandatario colombiano se había jugado los restos.

A su regreso, el Presidente se encontró con un comunicado de las Farc en el que, palabras más palabras menos, decían estar a la espera de las instrucciones del presidente Bush. La situación era cada día más tensa y el ambiente más pesimista entre los colombianos, a pesar de lo cual a finales de noviembre Gobierno y Farc se encontraron de nuevo, esta vez en La Macarena, Meta. Dados los reclamos constantes del grupo insurgente porque el Presidente no contestaba las cartas de Marulanda, una de las cuales (26 de noviembre) proponía una cumbre de poderes en el Caguán, los voceros oficiales llevaban una del Presidente bajo el brazo: "Ustedes han permanecido ahí en la zona y esa es la mejor muestra de que las garantías están dadas -decía la misiva. Usted propone un encuentro con lo que llaman los poderes del Estado. Yo le contesto que es viable en la medida en que ustedes cumplan con su palabra y con lo que firmaron".

Pero Pastrana, además, les proponía trabajar en el acuerdo de San Francisco y mantenerlo como eje del proceso, integrar una comisión de acompañamiento internacional para hacer la veeduría de los acuerdos y abordar primero el tema del alto el fuego.

Días después, un comunicado de las Farc de siete puntos era un indicio más de la poca o nula intención de desbloquear el diálogo. Decían que el Gobierno no había contestado y protestaban por los controles, la revisión de remesas, los retenes, la entrada de extranjeros, y advertían que el proceso sólo podría reanudarse cuando se restituyeran las garantías.

En una nueva reunión en La Macarena, el 16 de diciembre, los delegados del Gobierno hicieron saber: "Si no podemos hablar con Marulanda, aquí no hay proceso". De ahí surgió un encuentro que se llevó a cabo el 24 de diciembre. "Fue un día terrible, nos tocó un aguacero como el que nunca habíamos visto -contó un delegado del Gobierno-. En la mitad de una carretera de un sitio que se llama El Morrocoy, en un cambuche improvisado, nos encontramos por fin con Marulanda".

Buscar una salida

No bien comenzó la reunión, el eterno tema de las garantías salió a flote. "Las garantías están dadas. Usted está aquí en la zona, lleva tres años, ha entrado, ha salido, ha podido negociar. Aquí ha venido todo el mundo", le dijeron a Tirofijo los voceros oficiales. Pero Marulanda insistía y sus hombres contaron que un avión lo había perseguido y que otro había descendido sobre un campamento. El tema estaba ya saturando y sacando de quicio a los delegados del Gobierno, pero entonces Tirofijo dijo que había que buscar una salida.

Los voceros oficiales insistieron en la necesidad de llegar a unos acuerdos que permitieran amarrar el proceso más allá de este gobierno. "Era una tesis que inclusive Alfonso Cano había expuesto tiempo atrás", le dijo a CAMBIO uno de los negociadores. Marulanda terció: "Hay opciones, yo he propuesto la cumbre. Es una opción para considerar, pero miren a ver si estudian el tema de las garantías en la mesa".

El jueves 3 y el viernes 4 de enero se reunieron en Los Pozos, sin la presencia de Marulanda. Había mucha tensión. "Es difícil estar en una mesa cuando la contraparte dice que no hay garantías. "Si no las hay, ¿cómo pueden estar sentados aquí? -preguntó un delegado del Gobierno-. Si creen que no hay garantías, entonces díganselo al mundo, a los medios, al país... Firmen una carta pública diciendo que el Gobierno nunca ha dado garantías".

Al final del jueves el ambiente estaba de cortar con tijeras. Todo giraba en el mismo círculo vicioso de las garantías y aunque en el fondo los delegados del Gobierno sabían que habían llegado a una situación límite, propusieron buscar una salida y se retiraron al batallón Cazadores para definir la propuesta que llevarían el viernes a la mesa.

La propuesta, empezar a negociar por el tema de la tregua, fue respondida por las Farc con el mismo tema de siempre, el mismo obstáculo, el mismo y reiterado argumento atravesado como un palo en la rueda del proceso. ¿Para qué la propuesta si ni siquiera hablan de ella?, se preguntaron los delegados gubernamentales. Las Farc pidieron tiempo para consultarla con Marulanda.

Era claro que las Farc estaban echando mano de tácticas dilatorias para evitar empezar a negociar algo concreto.

Fue una reunión muy dura y tras muchas horas de discusión seguían en el mismo atolladero. El tema de las garantías pesaba como un fardo. "No los podemos obligar a negociar poniéndoles un fusil. Si no quieren negociar no negocien, pero no sigamos dando vueltas sobre el mismo tema", dijo uno de los delegados del Gobierno. Y fue entonces cuando el comisionado Gómez les hizo referencia a una carta de Marulanda del 7 de noviembre que decía: "En caso de no aceptar nuestra propuesta es necesario acordar un día para reunir la mesa en pleno para hacer balance de la situación de la zona y entregar oficialmente las cinco cabeceras municipales. (...) a partir de ese momento el Gobierno puede ocupar los caseríos para lo cual se requiere expedir una declaración pública anunciando la terminación del acuerdo Gobierno-Farc-Ep".

Parecían no quedar salidas. Era claro que las Farc estaban echando mano de tácticas dilatorias para evitar empezar a negociar algo concreto. El Gobierno propuso entonces estudiar el documento y volver a reunirse el martes 8.

Se cierra el círculo

El vocero de las Farc, Raúl Reyes, recibió a los delegados del Gobierno con una carta de Tirofijo fechada el 6 de enero y un comunicado del Estado Mayor que dejaba en manos del Presidente hasta el 20 de enero la suerte de la zona. Cuando terminaron de leer la carta de Marulanda, propusieron estudiar el tema de empleo entre febrero y marzo, y el de la tregua entre abril y mayo. "El mensaje era prorroguen y después hablamos", le dijo un delegado oficial a CAMBIO. Pero también exigieron una declaración pública del Presidente para confirmar que eliminarían los controles. "Los controles no se negocian", les dijo Camilo Gómez y agregó que el Gobierno entendía que tal como estaban las cosas no podían seguir negociando. Estaban enfrascados en un diálogo de sordos.

Hacia el final de la tarde, en uno de los muchos recesos para adelantar consultas, Reyes le dijo a Gómez que Marulanda había pedido que la mesa redactara una declaración para darle piso al relanzamiento de las conversaciones. Los voceros del Gobierno se retiraron al batallón Cazadores y el miércoles volvieron con un documento de cinco puntos.

Las Farc pidieron inmediatamente un receso y luego aparecieron con un documento que llamaron propuesta (ver recuadro) con el mismo tema de levantar los controles. "Esta es una actitud clara de que ustedes no quieren negociar a pesar de que las garantías están dadas", dijeron los voceros del Gobierno.

Receso va, receso viene, en uno de ellos Reyes llegó con una propuesta de Marulanda para invitar a un almuerzo con todos los que habían participado en las negociaciones. "Esto no es serio -dijo Gómez-. Nosotros proponemos un alto el fuego y ustedes proponen un almuerzo". Para los negociadores del Gobierno era evidente que ya no había nada qué hacer. Fue entonces cuando Gómez les dijo: "Ustedes lo que están diciendo es que no hay garantías y por lo tanto el Gobierno entiende que sin garantías no pueden seguir, que se han levantado de la mesa y que han pedido las 48 horas para retirarse". Se hizo silencio. Luego fueron las despedidas.

"Esto no es serio -dijo Camilo Gómez-. Nosotros proponemos un alto el fuego y ustedes proponen un almuerzo".

Hablaron todos y cada uno de los presentes. Entre ellos, Joaquín Gómez dijo: "Estoy levantado en armas por convicción. Los hijos juzgarán si uno se equivocó o no. No estoy en la guerra porque me guste, la guerra es muy dura, pero creo que en Colombia hay unas injusticias y creo que hay modificar el país. Hay cambios o hay cambios y a nosotros no nos queda más camino que seguir luchando". Entonces Juan Gabriel Uribe dijo: "Lo que fracasó fue la mesa. Es un fracaso general: de las Farc y de los que hemos estado en esta mesa, porque el país estaba esperando una solución política negociada y fuimos incapaces de encontrar un escenario diferente". Y entonces el comisionado Gómez remató: "Aquí todos perdemos: el país, el Gobierno, las Farc. Nadie va a ganar por la terquedad de ustedes". Después sucedió lo que el país ya conoce: un cruce de comunicados entre el Gobierno y las Farc, en los que no quedaba claro si la mesa de diálogo se había levantado o si se trataba de una agonía dolorosa. Hasta cuando, el jueves en la noche, el presidente Pastrana puso los puntos sobre las íes y concedió 48 horas para un último intento por salvar el proceso.

Modelo hecho trizas

El viernes en la tarde, al cierre de esta edición, aún no era claro si las gestiones de Naciones Unidas, la Iglesia y los países facilitadores rendirían algún fruto. Pero más allá de esto, existía la sensación generalizada de que aún si estos oficios de último minuto lograban recomponer parte de los pedazos rotos del proceso con las Farc, lo cierto es que el modelo de negociación, con zona de distensión sin reglas claras y sin fechas predeterminadas para el alcance de metas y acuerdos, ha fracasado.

La realidad que se evidenció después de tres años sin avance concreto alguno, es que concederle a un grupo guerrillero todo lo que pide para ganar su confianza puede ser útil para arrancar el proceso, pero resulta desastroso cuando surgen los problemas. Al no haber reglas desde el principio, tratar luego de imponer algunas les da la excusa a los alzados en armas para reclamar que eso no estaba convenido. La idea que imperó al principio, cuando en noviembre del 98 arrancó la zona de despeje, era la que defendía el entonces alto comisionado Víctor G. Ricardo, en el sentido de que los asuntos sobre el funcionamiento del área eran procedimentales y que no había que vararse en ellos. Con el tiempo fue evidente que para las Farc eran sustanciales, pues de ellos dependía buena parte de su operación financiera y militar. En consecuencia, cuando Pastrana trató de endurecer los controles, las Farc no los aguantaron y el modelo se hizo trizas.

En ese escenario y ante la evidencia de que algo ha quedado definitivamente roto en lo que fuera la armazón de proceso ideada por Andrés Pastrana y Manuel Marulanda, se impone un balance de resultados, necesariamente muy pobre, como sucede con todo fracaso. A siete meses de terminar su mandato y aun si los contactos en el Caguán siguen en las próximas semanas, nadie espera resultados significativos y la impresión es que, de sobrevivir la zona, el proceso está pegado con babas con el único propósito de que el próximo gobierno no tenga que arrancar de cero.

En medio de este panorama, Pastrana se ha quedado prácticamente sin nada en las manos y su sueño, acariciado aun antes de asumir la Presidencia cuando se reunió con Marulanda en calidad de mandatario electo, parece haberse esfumado después de convertirse, a ojos de millones de colombianos, en una pesadilla.

Lo que viene

Si bien es cierto que las audacias de Pastrana para garantizar el arranque de un proceso de negociación con las Farc le dieron sentido a su agenda de gobierno al iniciar el mandato, también lo es que buena parte de su impopularidad, una de las más constantes y acentuadas desde que en Colombia existen las encuestas, se debe a la falta resultados. La impresión generalizada de que el proceso nunca fue de negociación y se limitó a una cadena de concesiones unilaterales a las Farc, golpeó al Presidente a lo largo de estos años.

No es aventurado por ello predecir que la imagen que los colombianos conservarán de Andrés Pastrana por muchos años, será la de un mandatario débil que trató infructuosamente de avanzar en el proceso de paz, con una única y muy discutible estrategia: concederles a las Farc todo lo que pedían. Pero esta percepción, aparte de injusta, puede relativizarse como resultado de lo que suceda en el período crítico que se inició la semana pasada, en especial si lo que viene es una ruptura definitiva y el fin de la zona de despeje.

La mayoría de colombianos creen que las Fuerzas Militares sí están en capacidad de derrotar a la guerrilla.

En primer lugar, porque incluso sus mayores críticos reconocen que al mismo tiempo que hacía concesiones a las Farc, Pastrana obtuvo para las Fuerzas Militares el mayor apoyo presupuestal -con recursos propios y con equipos entregados por Estados Unidos en desarrollo del Plan Colombia- que han recibido en toda su historia. Gracias a este respaldo se da por de contado que, si se acaba el área del despeje, muchas cosas van a cambiar en el terreno militar frente a lo que sucedía antes de que el Gobierno la decretara. Los analistas coinciden en afirmar que sin área de distensión, la guerra que las Farc tendrían que librar les resultará mucho más compleja.

En menos de cuatro años, el país triplicó el número de soldados profesionales, de menos de 20.000 a cerca de 60.000. El total de soldados combatientes creció de 79.000 a casi 140.000. En brigadas móviles, de 3 a 7, y en brigadas fluviales de 4 a 47.En materia de helicópteros, pasó de 76 a 170. En fusiles Galil de 105.000 a 165.000. A diferencia de lo que sucedía en la década pasada, hoy es común hablar de soldados con visores nocturnos y helicópteros de combate capaces de disparar desde 12.000 pies de altura y dar en el blanco con un margen de error de pocos centímetros.

Además de lo anterior, Washington viene ofreciendo un apoyo de alta tecnología en materia de información satelital y de aviones radar, que ha sido fundamental para detectar grandes movimientos de tropa guerrillera y propinarles a las Farc duros golpes. Para esos efectos, las bases de Tres Esquinas, Larandia y Apiay se han convertido en verdaderos centros de inteligencia tecnológica que ponen a las Fuerzas Armadas colombianas entre las más modernas de Latinoamérica.

La hora de la verdad

Sin embargo, estas novedades militares tendrán que probarse en el terreno. La única manera de que el Presidente pueda cobrar este esfuerzo es que haya resultados positivos en caso de una ofensiva guerrillera como la que es fácil prever que desencadenarán las Farc como consecuencia de la ruptura de las negociaciones. Nadie espera milagros ni la caída en pocas semanas de los jefes guerrilleros en manos de las autoridades. Pero espera que si se viene una ofensiva como la de mediados de 1998 y otras anteriores, las Farc paguen un alto precio.

Algo de esto ya viene sucediendo, como lo demuestra el hecho de que por primera vez en muchos años las encuestas indiquen que una mayoría de colombianos creen que las Fuerzas Militares sí están en capacidad de derrotar a la guerrilla. Pero no hay duda de que, para demostrar que la correlación de fuerzas ha cambiado, el Ejército, con el apoyo de los demás organismos armados del Estado, tendrá que propinarle golpes a la guerrilla con mayor frecuencia.

Si en efecto el proceso se rompe definitivamente y la zona de despeje desaparece, las Fuerzas Armadas no tendrán ya mayores excusas para conseguir resultados. Eso podría, al final de su mandato, darle a Pastrana algo qué mostrar, si bien no en el terreno de la paz, sí en el de la guerra. Con la certeza, claro está, de que como lo dijo hace muchos años el ex presidente Alfonso López Michelsen, sólo en la medida en que sienta que tiene mucho que perder en el terreno militar, la guerrilla va a aceptar avanzar en serio en la mesa de negociaciones.

Pero aún si las Farc no resultan muy golpeadas en el terreno militar, no hay duda de que algunos de sus dirigentes ven con preocupación el panorama de una ruptura que signifique el fin de la zona de despeje. Y no les falta razón. Si algo les ha hecho Pastrana en estos tres años es propinarles una dura derrota política. Más del 95% de los colombianos se expresan en las encuestas en contra de las Farc, a cuyos dirigentes consideran asesinos, secuestradores y narcotraficantes, y no luchadores por la libertad del pueblo.

Después de tantas concesiones con las Farc, la semana pasada Pastrana mostró la actitud más dura de su mandato.

Algo similar sucede en el extranjero, donde en el pasado las Farc gozaron de alguna respetabilidad. Basta revisar las reacciones de gobiernos y medios de Estados Unidos y Europa ante los anuncios de ruptura de la semana pasada. Washington y la Unión Europea respaldaron a Pastrana y culparon a las Farc por no haber estado a la altura de la generosidad del mandatario. Otro tanto sucedió con los periódicos, donde articulistas y editorialistas concluyeron que el Presidente no tenía otra salida ante los nulos avances que las Farc permitieron en la mesa. En todo esto influye, claro está, el ambiente derivado de los atentados del 11 de septiembre y el rechazo mundial contra el terrorismo. Todo esto sin mencionar el hecho de que los dirigentes del grupo guerrillero demostraron en la mesa del Caguán su absoluta incapacidad para avanzar en temas concretos, algo que muchos atribuyen a sus propias divergencias internas.

Si el proceso definitivamente se rompe y la zona de despeje se acaba, no cabe duda de que las Farc intentarán borrar en el campo militar todos estos fracasos y demostrar que conservan una enorme capacidad de hacer daño. Pero nunca volverán a estar tan cómodas ni en el terreno militar en Colombia, ni en el político en el mundo, como lo estaban cuando Andrés Pastrana les tendió la mano hace tres años.

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